Igualdad (fragmento)Edward Bellamy

Igualdad (fragmento)

"Los chicos y chicas de clase de economía política se pusieron en pie cuando el maestro dijo que podían irse, y en un abrir y cerrar de ojos la escena que había estado absorbiendo mi atención desapareció, y me encontré mirando fijamente el rostro sonriente del Dr. Leete y haciendo un esfuerzo para imaginar cómo había llegado yo a estar donde estaba. Durante la mayor parte y toda la última parte de la sesión de la clase, la ilusión de estar realmente presente en el aula de la escuela había sido tan absoluta, y el interés del tema había sido tan absorbente, que había olvidado por completo el extraordinario dispositivo mediante el cual había sido capaz de ver y oír la reunión. Ahora, mientras la recordaba, mi mente regresó a su estado anterior, con un impulso de curiosidad sin límites por el electroscopio y los procesos mediante los cuales realiza sus milagros.
Habiéndome dado alguna explicación del funcionamiento mecánico del aparato y del modo en el cual servía como una prolongación del nervio óptico, el doctor continuó exhibiendo sus poderes a gran escala. Durante la siguiente hora, sin dejar mi sillón, di la vuelta al mundo, y supe por el testimonio de mis sentidos que la transformación que había ocurrido en Boston desde mi vida anterior era una simple muestra de la que había sufrido el mundo entero de los hombres. Sólo tenía que mencionar una gran ciudad o una localidad famosa en cualquier país para estar de inmediato presente allí en lo que a la vista y el oído concierne. Contemplé Nueva York, después Chicago, San Francisco y Nueva Orleans, encontrando cada una de estas ciudades totalmente irreconocible salvo por los rasgos naturales que constituían su asentamiento. Visité Londres. Oí a los parisinos hablar francés y a los berlineses hablar alemán, y desde San Petersburgo fui al Cairo vía Delhi. Una ciudad estaba bañada por el sol del mediodía: sobre la que visitaba a continuación, la luna, quizá, estaba saliendo y estaban apareciendo las estrellas; mientras la tercera estaba envuelta en el silencio de la medianoche. En París, recuerdo, estaba lloviendo a cántaros, y en Londres reinaba una niebla suprema. En San Petersburgo había una tormenta de nieve. Volviendo de la contemplación del cambiante mundo de los hombres al inmutable rostro de la Naturaleza, renové el conocimiento que antaño tenía de las maravillas de la Tierra--las atronadoras cataratas, las tormentosas costas del océano, las solitarias cimas de las montañas, los grandes ríos, los brillantes esplendores de las regiones polares, y los desolados parajes de los desiertos. "



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