La conjuración de Catilina (fragmento) Salustio

La conjuración de Catilina (fragmento)

"Entonces, furioso, prorrumpió diciendo: «Ya que mis enemigos me tienen sitiado y me estrechan a que me precipite, yo haré que mi incendio se apague con su ruina. Y saliéndose arrebatadamente del Senado, se fue a su casa, donde
revolviendo en su interior mil cosas (porque ni le salían bien las asechanzas que había puesto al cónsul, y veía que no era posible dar fuego a la ciudad por la vigilancia de las rondas) persuadido a que lo mejor sería aumentar su ejército y prevenir con tiempo lo necesario para la guerra, antes que el pueblo alistase sus legiones, partió a deshora de la noche con pocos de los suyos para los reales de Manlio, dejando encargado a Cetego, a Léntulo y a otros, que sabía eran los más determinados, que afianzasen por los medios posibles las fuerzas del partido, que hiciesen por asesinar presto al cónsul y previniesen muertes, incendios y los demás estragos de la guerra civil, ofreciéndoles que de un día para otro se acercaría a la ciudad con un poderoso ejército. Mientras pasaba esto en Roma, envió Cayo Manlio algunos de los suyos a Quinto Marcio Rex con esta embajada:
«Los dioses saben y los hombres, Quinto Marcio, que ni hemos tomado las armas contra la patria, ni con ánimo de dañar a nadie; sí sólo por libertar nuestras personas de la opresión e injuria, viéndonos, por la tiranía de los usureros, reducidos a la mayor pobreza y miseria, los más fuera de nuestras patrias, todos sin crédito ni hacienda, sin poder usar, como usaron nuestros mayores, del remedio de la ley, ni aun siquiera vivir libres, después de habernos despojado de nuestros patrimonios; tanta ha sido su crueldad y la del pretor. En muchas ocasiones vuestros mayores, compadecidos de la plebe romana, aliviaron su necesidad con sus decretos: y últimamente en nuestros días, por lo excesivo de las deudas, se redujo a la cuarta parte el pago de ellas, a solicitud de todos los bien intencionados. Otras veces la misma plebe, o deseosa del mando o irritada por la insolencia de los magistrados, tomó las armas y se separó del Senado. Nosotros no pedimos mando ni riquezas, que son el fomento de todas las guerras y contiendas: pedimos sólo la libertad, que ningún hombre honrado pierde sino con la vida. Por esto, a ti y al Senado os conjuramos que os apiadéis de unos conciudadanos infelices: que nos restituyáis el recurso de la ley, que nos quitó la iniquidad del pretor, sin dar lugar a que obligados de la necesidad, busquemos como perdernos, después de haber vendido bien caras nuestras vidas. Quinto Marcio respondió a esto: «que si tenían que pedir, dejasen ante todo las armas, fuesen a Roma y lo representasen humildemente al Senado; el cual y el pueblo romano habían siempre usado con todos de tanta mansedumbre y clemencia, que no había ejemplar que hubiese alguno implorado en vano a favor. Catilina entretanto desde el camino escribió a los más de los consulares y a las personas de mayor autoridad de Roma, diciéndoles «que el verse calumniosamente acusado por sus contrarios, a cuyo partido no podía resistir, le obligaba a ceder a la fortuna y retirarse desterrado a Marsella; no porque se sintiese culpado en lo que se le imputaba, sino por la quietud de la república y porque de su resistencia no se originase algún tumulto. Pero Quinto Cátulo leyó en el Senado otra carta muy diferente, la cual dijo habérsele entregado de parte de Catilina. Su copia es ésta:
«Lucio Catilina a Quinto Cátulo. Salud. Tu gran fidelidad, que tengo bien experimentada, y que en mis mayores peligros me ha sido muy apreciable y grata, me alienta a que me recomiende a ti. Por esto no pienso hacer apología de mi nueva resolución, sino declarártela y sus motivos, para mi descargo, pues de nada me acusa la conciencia; y esto lo puedes creer sobre mi juramento. Hostigado de varias injurias y afrentas que he padecido, y viéndome privado del fruto de mi trabajo e industria, y sin el grado de honor correspondiente a mi dignidad, tomó a mi cargo, como acostumbro, la causa pública de los desvalidos y miserables: no porque no pudiese yo pagar con mis fondos las deudas que por mí he contraído, ofreciéndose la liberalidad de Aurelia Orestila a satisfacer con su hacienda y la de su hija aun las que otros me han ocasionado, sino porque veía a gentes indignas en los mayores puestos y honores, y que a mí, por solas sospechas falsas, se me excluía de ellos. Por esto he abrazado el partido de conservar el resto de mi dignidad por un camino harto decoroso, según mi actual desgracia. Más quisiera escribirte, pero se me avisa que vienen sobre mí. Te encargo a Orestila y te la confío y entrego, rogándote por la vida de tus hijos que la defiendas de todo agravio. Adiós. Pero Catilina habiéndose detenido poco tiempo en la campaña de Reate en casa de Cayo Flaminio, mientras proveía de armas a la gente de aquellas cercanías que antes había solicitado, encamínase a los reales de Manlio, precedido de las haces consulares y demás insignias del imperio. Se supo esto en Roma y el Senado declaró luego «a Catilina y Manlio por enemigos públicos, y al resto de sus gentes señala término, dentro del cual pudiesen sin recelo alguno dejar las armas, excepto los ya sentenciados por delitos capitales. Manda además de esto que los cónsules alisten gente, que Antonio salga al instante con ejército en busca de Catilina y Cicerón quede en guarda de la ciudad. "



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