La guerra de Jugurta (fragmento) Salustio

La guerra de Jugurta (fragmento)

"Era el aspecto de todo el campo fluctuante y vario, causando a un mismo tiempo horror y compasión. De los desmandados, parte huían, otros seguían el alcance, sin acordarse nadie de su formación ni de sus banderas. Donde a cada uno le cogía el riesgo, allí hacía frente y procuraba superarle; armas, lanzas, caballos, hombres, númidas y romanos, todos andaban mezclados y revueltos: nada se hacía por consejo ni orden, todo lo gobernaba el acaso. Así pasó gran parte del día y aún estaba pendiente el éxito de la batalla. Finalmente, cansados ya unos y otros con el trabajo y el calor y visto por Metelo que los númidas no estrechaban tanto como antes, reúne poco a poco su gente, vuelve a ordenar las líneas y opone cuatro cohortes legionarias a la infantería de los enemigos, gran parte de la cual, fatigada, tomaba algún aliento en lo alto del collado; ruega al mismo tiempo y exhorta a los soldados «que no desfallezcan, ni den lugar a que venzan los enemigos que ya huyen. Díceles que no tienen reales, ni atrincheramiento alguno adonde acogerse en la retirada, ni más recurso que las armas. Pero ni Jugurta estaba entretanto ocioso: giraba, animaba a los suyos, renovaba la pelea; hacía mil tentativas por sí mismo con su tropa escogida; socorría a los suyos, cargaba a los enemigos que vacilaban, y a los que veía firmes los contenía desde lejos con las armas arrojadizas.
De esta suerte combatían estos dos grandes capitanes, Iguales en el valor y pericia militar, pero desiguales en fuerzas. Metelo tenía mejor gente; pero el sitio le era poco favorable. Al contrario, Jugurta llevaba ventaja en todo, sino en la calidad de su tropa. Pero al fin, viendo los romanos que ni ellos tenían donde retirarse, ni los enemigos volvían a la batalla, y se acercaba ya la noche, suben a pechos, según el orden que tenían, a lo alto del collado; echan de allí a los númidas y los desbaratan y ponen en huida, pero con muerte de pocos, porque a los más salvó su ligereza y el no ser los nuestros prácticos del terreno. Entretanto Amílcar que, como dijimos, estaba encargado de los elefantes y parte de la infantería, luego que se le adelantó Rutilio, conduce poco a poco los suyos a una llanura, y mientras el legado se daba prisa por llegar al río, que era su designio, pudo él con su sosiego poner su gente en orden según el caso lo pedía; y no omitió diligencia para saber en qué se ocupaba por todas partes su enemigo. Sabido, pues, que Rutilio había sentado su campo y estaba sin cuidado, y viendo al mismo tiempo que se aumentaba el estruendo de la batalla de Jugurta, receloso de que si el legado lo llegaba a entender, iría prontamente a socorrer a los suyos en aquel peligro, extendió el frente de su tropa (que hasta allí por lo poco que confiaba en ella había tenido muy unida) para impedir el paso a su enemigo y en esa posición marcha hacia los reales de Rutilio.
Los romanos advierten de improviso una gran polvareda, sin descubrir la causa, porque lo embarazaban los arbustos de que estaba vestida la campaña. Y aunque al principio juzgaron que sería polvo que se levantaba con el viento, cuando observaron que se mantenía en un estado y que se les iba acercando al paso que se movía el escuadrón, entendido lo que era, toman apresuradamente las armas, fórmanse en batalla delante de los reales, según el orden que se les dio, y llegando a tiro, trábase con gran vocería de ambas partes. Los númidas sólo hicieron frente mientras tuvieron confianza de que los elefantes les socorrerían; pero cuando vieron que éstos, embarazados con las ramas y perdida su formación a manos de los nuestros, echan precipitadamente a huir, y los más, arrojando las armas, se escapan sin daño alguno al abrigo del collado y de la noche, que comenzaba ya a cerrarse. Se tomaron cuatro elefantes: el resto hasta cuarenta fueron muertos. Los romanos, aunque cansados y rendidos por el trabajo del camino, del acampamento y la batalla, viendo que Metelo tardaba en llegar más de lo que creían, vanse a encontrarle, así escuadronados como estaban, y prontos para cualquier acontecimiento, porque los engaños de los númidas no permitían el menor descuido. Y al principio, cuando llegaron cerca, con la oscuridad de la noche y el ruido que ambas partes hacían, comienzan unos y otros a temer y alborotarse como si viniese el enemigo, y estuvo a pique, por esta incertidumbre, de haber sucedido una gran fatalidad, si los caballos avanzados de una y otra parte no hubiesen aclarado lo que era; con lo que el miedo que tenían se trocó repentinamente en gozo. "



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