La maestra normal (fragmento)Manuel Gálvez

La maestra normal (fragmento)

"Y empezó poco a poco a exaltarse, recordando las primeras palabras del Director. Era una calumnia lo de las orgías, una infamia. Hablaba atropelladamente, con emoción, con la voz temblorosa como si estuviese por llorar.
Acusó a los calumniadores que le llevaban al Director semejantes cuentos. Miserias, cosas de pueblo chico. Y sin embargo, él no era de los que combatían a las autoridades de la escuela. ¿Por qué hacían eso con él? ¿Por qué le vigilaban?
Miró al Director, cuyo rostro estaba inconmovible. Hubo un breve silencio que el Director interrumpió.
—La dirección tiene contra usted una acusación aun más grave —dijo con teatral austeridad, mientras Solís le miraba atónito.
Todo el pueblo afirmaba que Solís mantenía relaciones ilícitas con una maestra. El no sabía si se trataba de una seducción. La maestra no era una niña y sus antecedentes, tanto hereditarios como personales, no abonaban su honestidad. Pero como quiera que fuese, Solís cometía una gravísima falta, una falta que era materia de sumario y causa de destitución.
Solís, saliendo de su asombro, se puso de pie repentinamente, y, con la palabra cortada por la indignación, increpó al Director:
—Pero ¿usted de quién habla? ¿De Raselda, acaso?
—¿No lo sabe? — contestó el Director sonriendo irónicamente.
Solís vio la obra de las Gancedo. Compadeció a Raselda con toda su alma; y su cariño hacia la maestra, dormido en el fondo de su ser, surgió de pronto. La vio abandonada de todos, víctima de pequeñas pasiones. Y rojo de la ira que se había ido acumulando en su alma, tartamudeando por la emoción que le apretaba la garganta, con ademanes descompuestos, con los ojos llameantes, gritó:
—Eso es una infamia. Yo sé de dónde ha partido la calumnia... yo sé... Sé cómo ha llegado hasta usted... Ya veo que es usted el instrumento de cuatro mujerzuelas miserables...
El Director se levantó indicado. Solís le había herido en lo más íntimo, en aquella dignidad profesional de que tanto alardeaba. Y, solemne, con acento vengativo, la voz empañada por el odio, y el gesto altivo y desdeñoso, profirió:
—Si usted tiene amores ilícitos con esa... mujer, con esa maestra indigna, debe retirarse de la escuela. No permitiré jamás, jamás, que en esta casa se expongan tales lacras.
—Cuatro mujerzuelas, — continuó Solís que sentía la necesidad de ofender al Director. — Y en primer lugar la Regente. ¡La Regente, tan luego! ¿Quién es esa mujer para juzgar a Raselda? Todo el mundo sabe que es una...
Y casi largó la palabra. El Director se puso lívido, señaló a Solís la puerta y, despreciándole con su gesto, dijo olímpicamente:
-Hemos terminado, retírese.
—No hemos empezado — balbució Solís, con los ojos brillantes y accionando zurdamente.
-Fuera de aquí o lo hago echar...
Solís sintió que toda su sangre se le agolpaba a la cabeza. Y súbitamente, con impulso violento, sin saber lo que hacía, se precipitó sobre el Director. Pero el Director había levantado una silla y la oponía a su atacante.
-¡Aquí, gente! -gritó el Director.
Solís masculló un "canalla" y sin mirarle se retiró. Las piernas le temblaban de tal modo que apenas podía caminar. Al abrir la puerta, la sintió chocar contra un cuerpo blando. Arrodillada en el suelo, la Regente con el rostro en congestión, recogía papeles desparramados. "



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