La sombra del convento (fragmento)Manuel Gálvez

La sombra del convento (fragmento)

"Teresa lloraba sin consuelo. Pero al oír las últimas frases no pudo más, y habló.
—Yo no lo he ofendido, papá, no lo he ofendido. Yo he creído que tenía derecho a querer, que era dueña de mis sentimientos. Para mí, José Alberto es bueno y me quiere y lo respeta a usted. José Alberto no es lo que usted dice, papá.
Belderraín, ante las palabras de su hija, quedó sorprendido. No creía que ella fuera capaz de defender a José Alberto en su presencia. Debía quererlo profundamente para atreverse a hablar de esa manera delante de él, a quien temía y ante cuyas palabras de reproche temblaba toda la familia. Se replegó en su asiento con los brazos cruzados. Teresa había callado. La miró severamente, durante un largo rato. Luego con el ceño arrugado, permaneció silencioso unos segundos.
Teresa, contrita y humilde, había bajado la cabeza y lloraba. Por fin, en un tono más humanizado, Belderraín dijo:
—No creí nunca que en mi presencia te atrevieras a defenderle. Quiero pensar que tus creencias religiosas son verdaderas, que no dudas de Dios ni de la otra vida...
-¡Papá!...
-No me explico, pues, tu ceguera, a menos de que seas más torpe de inteligencia de lo que nunca imaginé. Si aceptas que hay un Dios justo, que hay otra vida después de la muerte, ¿cómo puedes pensar, ni por un solo instante, en unir tu vida a la de un hombre que niega a Dios? ¿Ignoras que quien se casa sin confesión comete un sacrilegio? ¿No ves, pobre criatura, que habrá siempre un abismo entre tú y él? ¿No sabes que en la otra vida, tú, que eres cristiana y cumples como tal, irás a gozar de Dios, mientras él será pasto de Satanás y del infierno? ¿No meditas sobre la muerte? ¿No te preocupa el más allá? ¿No piensas en el horror de estar separada eternamente, por los siglos de los siglos, durante millones de años, sin esperanza ninguna, del hombre a quien amas, del hombre a quien estás unida por Dios, del hombre que será el padre de tus hijos? ¡Teresa, hija mía, dime que nunca has pensado en estas cosas!
-Papá, usted sabe que muchos santos fueron malos o incrédulos antes de convertirse. José Alberto no cree, es cierto. Pero él quiere creer y llegará a creer porque es bueno. Yo estoy segura de llevarlo al buen camino.
Una sonrisa irónica y terrible asomó a los labios de Belderraín. Sus ojos brillaron siniestramente.
¡Criatura ignorante y desdichada! Tú no sabes lo que es el incrédulo, el ateo. El hombre que no cree en la divina providencia, que niega la existencia del Ser Supremo tiene que ser un monstruo de orgullo, de vanidad y de ceguera. Sólo confía en sus propias fuerzas y hace de sí mismo su único dios. ¿Qué puede esperarse de estos hombres? ¿Hasta dónde no llegará en el abismo de sus maldades aquel que afirma no existir otra vida? Porque, si no hay premios y castigos para los hombres, ¿con qué objeto vivir cristianamente? ¿Para qué he de mortificarme en esta vida, privarme de placeres si de nada ha de servirme, si habré de desaparecer como un perro? Así lo piensan ellos, aunque no lo digan. Y si no, basta ver cómo viven. Estos hombres tienen el corazón empedernido para el bien. Tienen el alma negra, con la negrura del error. Yo los conozco. He visto sus maquinaciones infames, he oído sus calumnias viles, he adivinado la vida de disipaciones que llevan. ¡Miserables! No son dignos de la misericordia divina.
Cerró los ojos y quedó en silencio, como recordando. Permaneció así un largo rato. Por instantes, contraía el rostro violentamente. Sin duda venían a su recuerdo aquellas memorables sesiones del Congreso en que se discutía la ley del matrimonio civil. Todo el odio acumulado en aquellos días, trágicos para su alma, parecía revivir ahora, después de veinte años. Teresa no se atrevía a interrumpir a su padre en su meditación. Aquel rostro la infundía extraño miedo y le hacía temblar. "



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