La sed (fragmento)Mercedes Ballesteros Gaibrois

La sed (fragmento)

"Treinta años, o casi treinta, tomando arroz con leche por finura de Matías, que había decidido por su cuenta que ése era el postre predilecto de Justa. ¿Cómo decirle que no le gustaba? Nunca, ni de niña, se había atrevido.
No le daba las gracias por el regalo, ni por el postre, con todo y apreciarlos tanto; lo que más le había agradecido fue esa frase: «eres lo único que tengo en el mundo». ¿Era eso cierto? ¿Era ella tanto para alguien? El abuelo tenía una hija, otros nietos. Carlos, su hermana, sus sobrinos... Pero Matías la tenía a ella sola. ¡Qué gozoso regalo de cumpleaños!
Carlos, mientras se afeitaba, seguía pensando: «Yo, señora, represento los intereses de don Ambrosio Marsá...»
Hacía una mañana fría, una de esas mañanas de fin de septiembre en las que la luz es húmeda entre la bruma. Aunque su marido le había ofrecido llevarla en el coche cuando saliera hacia el despacho, ella prefirió ir a pie.
Iba andando despacio, gozándose en la temperatura de la mañana. Miraba a los transeúntes con los que se cruzaba, gente apresurada que iba a sus quehaceres, parejas de novios enlazados y en silencio, niños que corrían gritando, mendigos que se agachaban a recoger algún despojo. Y detrás de cada frente una encrucijada y dentro de cada corazón un ansia. Los veía de pasada, sin fijarse en ninguno determinado, y una inmensa piedad se apoderaba de su ánimo. ¡La gente, la vida! ¡Esa cadena monótona y sin sentido!
Atravesó el paseo y se dirigió al Museo del Prado. Durante su época de estudiante iba mucho, pero luego fue perdiendo la costumbre. Siempre se decía: «Mañana iré al Museo»; «Tengo que ir al Museo». Pero el quehacer diario y la desgana que dominaba todos sus actos le cortaban el impulso.
El áspero olor de la pintura le devolvió sensaciones de su juventud. ¡Qué remota le parecía ya su juventud! Otra cosa pasada. Como todo.
Una copista menuda, de mirada ávida, copiaba en un lienzo enorme el cuadro de Las lanzas. Apenas tenía algunos trozos a carboncillo y una que otra mancha de color en un ángulo de la tela. Le sobrecogió el espectáculo de tanto esfuerzo, de los ánimos que son necesarios para emprender un trabajo así. ¡Y había quien sacaba de sí mismo las fuerzas para semejante cosa!
Pasó de largo por Murillo y se detuvo en el Greco. Por un momento se sintió envuelta en esos grises fugitivos, como si anduviese entre la niebla. Casi sintió físicamente en la piel el roce de la bruma.
Era como si recobrase el mundo de su juventud, sus días de estudiante, las sensaciones de su adolescencia. Ese mundo inquieto por inquietudes del espíritu, tan distintas de las torturas actuales, de cara a la vida verdadera, a la ardiente y desgarrada vida de los seres humanos.
«¡Si pudiese, si pudiese, Dios mío, regresar a esos años!» Notaba la sensación de haber poseído algo, no sabía qué, que ahora añoraba desesperadamente.
«Pero no se regresa nunca. Se va, anda que te anda, hacia adelante, dejando atrás todo, sin detenerse en nada.» ¡Qué remoto ese tiempo, esa vida olvidada! «Vivo con una muerta que soy yo.»
Siguió andando. Cruzó las salas de Goya. Se paró un momento frente a La familia de Carlos IV, como para devolver las miradas del cuadro. «Me dan la bienvenida como unos parientes que me esperasen en la estación al regreso de un viaje.»
Luego se enfrentó con la Anunciación del Angélico. ¡Qué fragante, que tierno y secreto mundo! Ahí estaba, ahí recuperaba el candoroso y fuerte franciscanismo del trescientos con todo su sentido alado y trascendental. También aquello lo había dejado atrás. También lo sentía muerto y desligado de su ser. ¡Si no sabía que hubiese sido tan suyo! ¡Si no notó entonces esa lumbre encendida de su juventud cuyas cenizas aventaba el recuerdo!
Le producía sosiego el azul quieto y puro del cielo. Azul, azul, azul. Como si todo pudiese cambiar en la vida, y pasar el tiempo, y quebrarse la memoria y el sentido, y torcerse la intención y desasosegarse el alma y sólo quedase, quieto y duradero, aquel azul, azul, azul. Y el silencio.
Pero el silencio se estremeció con algo, con algo que no eran unas pisadas. No era tampoco una respiración humana, sino más bien un latido, el latido de un corazón. Oyó que un corazón latía a sus espaldas y volvió la cabeza. "



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