Eclipse de tierra (fragmento)Mercedes Ballesteros Gaibrois

Eclipse de tierra (fragmento)

"La dorada industria los sacó de allí poco menos que a puntapiés. Por un error al marcar los itinerarios, debido tal vez a que la casona de los Borrell se hallaba en el cruce de tres calles, el caso fue que se la incluyó en la ruta de varios grupos y Francisco y su acompañante resultaron ser los cuartos en llamar a aquella puerta con la pretensión de sacar al Asia de la idolatría. Como los dueños de la casa estaban ausentes y al portero, reumático y provecto, le costaba un trabajo ímprobo levantarse de su sillón y bajar los siete escalones para abrir el portal, y, por otra parte, le tenía sin cuidado el porvenir espiritual del Asia, cuando vio delante de sí a dos nuevos jovenzuelos armados de huchas y de fina dialéctica evangelizadora, los arrojó a empellones, con un vigor tan inesperado en su avanzada edad que de milagro no cayeron allí mismo descalabrados los pedantes apóstoles de la caridad.
Mariano propuso abandonar el campo; pero Francisco por nada del mundo se hubiese presentado con las manos vacías en el colegio.
—La alta burguesía también tiene porteros —insistió el canijo acompañante, lleno de sentido práctico.
Francisco no hizo caso y continuó la ruta marcada. Mientras se dirigían hacia la alta burguesía —que no sólo tenía porteros, sino perros guardianes—, en el colegio se estaba procediendo al reparto de las últimas huchas.
Javier no entraba en ello por ser capitán de uno de los equipos contendientes. Pero se sentía tan nervioso, se le hacían tan pesadas las horas hasta las cinco de la tarde, que pidió ser incluido en el reparto de huchas.
Quedaba sin cubrir el barrio comúnmente designado como el «hueso» del itinerario. Se trataba del grupo de casas cercanas al pequeño puerto, cuyos habitantes hacían vida independiente con relación al resto del pueblo. Su café, sede de broncas y de borracheras, muy rara vez era frecuentado por los pacíficos moradores de la otra parte del pueblo.
Pero, pese a la sordidez de su única calle y al mal porte de todos los del barrio de la «isla», tenían fama de adinerados; si bien se sospechaba, no sin razón, que sus dineros les venían más de trampas y de contrabando que de honrado jornal. Réprobos y ateos, no conocían ni por asomo el camino de la iglesia. De su opulencia creciente daba fe el haberse instalado, poco tiempo atrás, en su bar «La Igualdad», un lujoso futbolín.
El rector del colegio opinaba que era una temeridad mandar allí a un par de chicos con la pretensión de que aquellas gentes contribuyesen a una obra pía. Era exponer a los muchachos a que los recibieran a pedradas —como ya había pasado una vez—, y, aún en el caso de que no hubiera agresión, le parecía improbable conseguir la más pequeña limosna.
Ya se había desistido de mandar un destacamento a «la isla» cuando Javier pidió su hucha y solicitó el permiso de ir precisamente al barrio de los réprobos. Javier era tan alto para su edad, tan ancho de espaldas y con tal cara de bruto, que no inspiraba gran temor enfrentarle con un ambiente hostil. "



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