La bestia se acerca (fragmento)Margaret Millar

La bestia se acerca (fragmento)

"Llamó a Bertha Moore, pero en cuanto ésta la reconoció colgó el auricular de golpe.
Volvió a llamar a Verna Clarvoe. La línea estaba ocupada.
Llamó al estudio de Jack Terola y dejó sonar el teléfono durante un minuto entero, por si estaba ocupado en la trastienda, pero nadie lo descolgó.
Llamó a la policía y les dijo que un hombre había sido apuñalado con unas tijeras en la recepción del Hotel Monica y se estaba desangrando hasta la muerte.
Más valía eso que nada. Pero no era suficiente. El poder y la excitación se le pudrían en el interior como carne quemada, y parecía que le estaban saliendo pelos encima de la boca, como el gato del callejón.
El gato. Era el gato el que lo había estropeado todo. La había contaminado porque la había visto recargarse. A ella le gustaban los animales y los trataba muy bien, pero de ese había que vengarse y darle una lección, no por teléfono sino con unas tijeras. Como el tío de la recepción.
Ese hombre ya no figuraba en su imaginación, sino en su experiencia. Lo veía con claridad, tumbado en el suelo, con la cara blanca y la sangre roja. Se parecía un poco a Douglas, y también a Terola. Era Douglas-Terola. Era el símbolo de su matrimonio. Y estaba muerto.
Volvió a la barra. Uno de los camareros y el joven que se había reído de ella estaban hablando, con las cabezas muy juntas. Cuando ella se acercó, se separaron y el camarero desvió la mirada hacia el otro extremo de la barra. El joven le echó un vistazo apresurado e incómodo y luego se levantó y echó a andar hacia la salida de atrás.
Todo el mundo la abandonaba. La gente no atendía sus llamadas telefónicas, la gente se alejaba de ella. Todo el mundo lo hacía. Los odiaba a todos, pero les reservaba un odio especial a los tres Clarvoe; y de los tres, detestaba a Helen en particular. Helen le había dado la espalda a una vieja amiga, la había abandonado, la primera y la que más se había alejado, y tenía que sufrir por ello. No podría ocultarse eternamente tras un número de teléfono sin registrar. Había otras maneras y otros métodos.
—La atraparé —le susurró Evelyn a la pared—. La atraparé.
Le crecieron los bigotes y se espesaron de odio.
Llegó el alba y el cielo se iluminó de forma leve y brumosa. La tormenta había arreciado durante la noche. Un viento del demonio recorría a gritos las calles, perseguido por el azote de la lluvia.
Pero no fueron ni el viento ni la lluvia los encargados de despertar a la señorita Clarvoe, sino el ataque repentino de un recuerdo.
—Evie —dijo, y ese nombre que llevaba tanto tiempo sin tener la menor importancia para ella devino tan familiar como el suyo propio.
El corazón se le disparó y se le llenaron los ojos de lágrimas, no porque recordara de nuevo a la chica, sino porque había llegado a olvidarla. No había ningún motivo para el olvido, ninguno. Habían sido amigas íntimas desde un buen principio. Intercambiaban ropa, secretos y comida casera, soltaban la risita al unísono cuando se apagaban las luces, se veían entre clases, inventaban un idioma propio para confundir a quien interceptara sus notas y compartían el mismo amor por ese profesor de ciencias casado, con cuatro hijos y dotado de unos enormes y románticos ojos. Compartieron otros amoríos, pero siempre era Evie quien los ponía en marcha. Helen se limitaba a seguirla, satisfecha de que Evie tomara la iniciativa y las decisiones.
Siempre fuimos amigas. Nunca tuve que perdonarle nada. No hay motivo, no lo hay.
Habían acudido juntas a su primer baile una noche de Halloween, vestidas igual, de gitanas, a sugerencia de Evie. Esta llevaba una pecera redonda a modo de bola de cristal.
El baile, al que habían sido invitadas todas las chicas mayores de la escuela, se celebraba en el gimnasio de un colegio privado para chicos que había en el valle. El señor Clarvoe llevó en coche a Helen y Evelyn hasta ese colegio y las dejó a la entrada del gimnasio. Estaban nerviosas, excitadas y cargadas de una esperanza ilimitada y de un terror abismal.
—No puedo entrar, Evie.
—No seas tonta. Sólo son chicos.
—Tengo miedo. Quiero irme a casa.
—No podemos tirarnos veinte kilómetros andando con estas pintas. Venga, se buena y entra.
—¿Me prometes que no me abandonarás?
—Te lo prometo.
—Júramelo por lo más sagrado.
—Escucha la música, Helen. ¡Tienen una orquesta de verdad!
Entraron y se vieron separadas casi de inmediato.
El resto de la velada fue una pesadilla para Helen. Se quedó de pie en un rincón de la sala, rígida, incapaz de hablar, viendo a Evie rodeada de chicos y riendo, canturreando de vez en cuando, flotando grácilmente de un compañero de baile a otro. Hubiera entregado su alma a cambio de ser Evie, pero nadie le dio esa oportunidad.
Fue a los lavabos y se echó a llorar con la frente pegada a la pared.
Cuando acabó el baile y salió del gimnasio, su padre la estaba esperando al volante del coche. "



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