La criada de Jürgen Doskocil (fragmento)Ernst Wiechert

La criada de Jürgen Doskocil (fragmento)

"Jürgen miró fijamente lo que había hecho sin darse cuenta, comprendió dónde había estado con sus pensamientos y volvió a poner sobre la mesa la cruz torcida, lleno de turbación. Abrió los labios, pero no dijo nada, se dio vuelta sin mirar más al santo y salió encogido y humillado como después de una lucha perdida.
Delante del umbral se encontró con una figura femenina, que dio un grito y saltó hacia un lado, a la obscuridad. Y sólo este grito le despertó. Dio una mirada en torno como en un bosque extraño y luego siguió lentamente el camino hacia su casa. «Ni una palabra —pensaba, todavía turbado—, ninguno de los dos una palabra... a la primera palabra me hubiera convertido en un asesino... el crucifijo me ha protegido.» Mas una preocupación sorda subía en él como una niebla. Había roto a Cristo. Una imagen, pero Cristo, y el cuerpo se había abierto en hendiduras grises, y tal vez, durante la noche gotearía sangre de las hendiduras, una sangre blanquecina, como la que brota de las heridas que vuelven a abrirse.
Le era violento hablar del predicador, y lo retardó hasta que hubo cortado la última astilla.
—Tal vez fue una tontería —empezó a decir— y tenía que habértelo preguntado.
Ella detuvo la rueca de hilar y levantó la mirada. Por primera vez él la sostuvo y contempló su rostro como una imagen que se tiene entre las manos y que no puede defenderse. «Como una Madre de Dios», y de nuevo se asustó de lo que había hecho. Ella se ruborizó un poco bajo su mirada, y con aquel rubor, aunque no era el primero entre ellos, penetró realmente por vez primera la dulzura de su amor en la sorda incredulidad de su alma. El se asustó como una persona bajo cuyos pies se abre la tierra, que cae y que, de pronto, como en un cuento de hadas, se encuentra sobre un prado multicolor. Martha había estado con él casi durante un año, su sonrisa, su hablar, el movimiento de sus miembros; ella había estado con él, como sólo pueden estar juntas dos personas. Pero todo esto había ocurrido como en la obscuridad de la noche, un sueño frágil, tal vez un error, la imagen de una visión. Sobre sí había tenido la timidez y la vergüenza, como si él, un mendigo, se hubiese hecho pasar por un príncipe y hubiese dejado que ella se lo creyera.
Y ahora la contemplaba sin opresión, como contemplaba a un pájaro o el cáliz de una flor. Parecía que abría su rostro, y ella no retrocedía delante de aquel desvelar, sólo se ruborizaba, pero sus ojos estaban húmedos de felicidad. Jürgen veía las pestañas largas y no sabía cómo una persona podía tener aquellas pestañas. Veía su boca y comprendía que aquella boca le había besado. Veía sus brazos y se acordaba de que le habían abrazado. Estaba tan asustado, que suspiraba contra su voluntad.
—¿Qué pasa, Jürgen? —preguntó ella en voz baja—. ¿Qué era una tontería? ¿Y por qué me miras así?
—Tan... bella... —dijo sin respiración—, tan bella eres tú.
Ella no amaba por primera vez, pero sus torpes palabras la hacían temblar, y durante un instante la embriaguez del poder que tenía sobre su alma volaba como el viento sobre un árbol. "



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