Los mártires del Anáhuac (fragmento)Eligio Ancona

Los mártires del Anáhuac (fragmento)

"Marina bajó la cabeza avergonzada y confusa ante aquella voz que la condenaba y que, probablemente, era la voz de todo el Anáhuac.
En aquel momento se alzó por tercera vez la cortina de la puerta y apareció Tízoc en el dintel.
Marina aprovechó esta oportunidad para salir de su confusión y se retiró de la cámara sin osar levantar los ojos sobre aquellos dos jóvenes dignos hijos del Anáhuac, y que con su sola presencia parecían condenar su conducta.
Tízoc y Geliztli se quedaron solos. Pero el primero, en lugar de avanzar al interior del aposento, se quedó parado en el dintel de la puerta, frío y severo como una estatua inanimada.
Geliztli, a quien el placer de hallarse ante el objeto amado le había hecho inclinar un instante los ojos, los levantó al fin sobre el joven sacerdote y le miró con asombro.
Transcurrió un momento de embarazoso silencio que ninguno de los dos amantes parecía dispuesto a interrumpir.
Al fin Tízoc pronunció con acento solemne y doloroso estas palabras:
—Me han dicho que me llamabais, y, aunque no sé qué pueda decirme la esposa de un enemigo del Anáhuac, he recordado que sois la hija de mi señor y he acudido a vuestro llamamiento.
—¿Quién te ha dicho que soy la esposa de un enemigo del Anáhuac?
—Los que han visto a tu padre presentarte al extranjero…, los que, como yo, te ven ahora habitar el mismo palacio de tu esposo.
—No es extraño que lo digan los que no me han oído invocar a los dioses para hacerlos testigos de mi amor; pero que lo digas tú…
Y el amargo acento con que la princesa pronunciaba estas palabras se extinguió súbitamente en sus labios, y dos gruesas lágrimas brotaron bajo sus párpados.
Entonces Tízoc, ebrio de gozo, delirante, transfigurado, corrió hacia la joven princesa y, avergonzado y gozoso al mismo tiempo, le dijo con un acento que revelaba toda su emoción:
—Que el dios de la guerra niegue siempre a mis armas la victoria si en toda mi vida he experimentado una alegría igual a la que siento ahora al saber que no estás casada con Malinche, como lo dice y lo cree todo el Anáhuac.
—¡Pero tú…, tú…! —murmuraba Geliztli, enjugándose las lágrimas de los ojos.
—Hermosa hija de mi señor —repuso Tízoc, llevándose también una mano a los ojos para enjugárselos—, los Dioses perdonan al guerrero que ha matado en el campo de batalla a los enemigos de su patria: ¿por qué no me perdonas tú cuando ya he matado todas mis dudas?
Geliztli extendió al mancebo una mano, que éste se apresuró a coger entre las suyas. Inundándola luego con sus lágrimas, dijo a la princesa:
—La hermosura viene de los dioses y debe ser siempre indulgente como ellos… ¿No es verdad que me perdonas?
Geliztli, llorando y riendo a la vez y con un ligero rubor en las mejillas, respondió:
—¿No nos han enseñado los sacerdotes en el templo que debemos perdonar las debilidades de nuestros semejantes? Yo te perdono la tuya, Tízoc, y rogaré siempre a los dioses que te hagan grato para que me recompenses con amor este perdón.
—¡Ah! —exclamó Tízoc, enajenado de alegría—. Bien sabía yo que alguna dicha me esperaba ahora, porque al salir de mi casa en la mañana oí cantar al ave de buen agüero.
—¡De tu casa! —repitió Geliztli—. ¿Has abandonado ya el templo?
—Sí, hace mucho tiempo. Los dioses se han apiadado de mí, y no solamente he tenido ya el placer de combatir con los extranjeros, sino que el sumo sacerdote se ha dignado ya dispensarme de mis votos por un servicio eminente que, según dicen, he prestado a la patria.
Estas palabras inundaron de gozo el semblante de la bella Geliztli y continuó mirando a su amante con una expresión de dulcísima ternura. "



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