Los huevos fatales (fragmento)Mijail Bulgakov

Los huevos fatales (fragmento)

"Los últimos días de julio vieron un ligero apaciguamiento de la tensión hasta entonces reinante. El trabajo de la renombrada Comisión se redujo a un ritmo normal, y Persikov pudo volver a su interrumpido trabajo. Los microscopios fueron provistos de nuevas preparaciones y, bajo el rayo, huevas de pez y de rana se abrieron en la cámara con prodigiosa velocidad. Llegó desde Konisberg, por vía aérea, un cristal encargado especialmente, y durante la última semana de julio los mecánicos que trabajaban a las órdenes de Ivanov construyeron dos nuevas y amplias cámaras en las que el rayo alcanzaba la anchura de un paquete de cigarrillos en el orificio de salida, mientras que en su parte más ancha llegaba a abarcar algo más de un metro. Persikov, que se frotaba las manos por este éxito, empezó a preparar ciertos misteriosos y difíciles experimentos. Para empezar se puso al habla con el comisario de Educación del Pueblo, quien le dio las máximas seguridades sobre toda posible asistencia y colaboración. Después de esto, Persikov telefoneó al camarada Fowlin-Hamsky, director del Departamento de la Crianza de Ganado de la Comisión Suprema.
Fowlin-Hamsky hizo objeto a Persikov de sus más amables agasajos. El asunto había motivado una gran demanda de información por parte del extranjero, y Fowlin-Hamsky le comunicó que debía telegrafiar inmediatamente a Berlín y Nueva York. Al cabo de un rato inquirieron del Kremlin cómo marchaban los trabajos de Persikov, y una voz importante y afable preguntó al científico si le gustaría que se pusiera un coche a su disposición.
—No, gracias. Prefiero el trolebús —aseguró Persikov.
—Pero ¿por qué? —preguntó la misteriosa voz.
—Es más rápido —repuso Persikov.
Pasó otra semana, y el profesor, desentendiéndose más y más del asunto de las gallinas, se dedicó por completo al estudio del rayo. Debido a las muchas noches de insomnio y excesivo trabajo acabó sintiéndose en un estado de perenne mareo, y la cabeza parecía habérsele hecho ingrávida y transparente. El científico se pasaba casi todas las noches en el Instituto, y las enrojecidas ojeras ya nunca le abandonaban. En cierta ocasión salió de su refugio zoológico para dar una conferencia en la Sala Tsebuku de la Prechistenka sobre el rayo y sus efectos en las células del huevo. El excéntrico zoólogo obtuvo un éxito colosal. En el escenario, y en una mesa con la superficie de cristal que había próxima al conferenciante, se veía, sobre una especie de fuente, un húmedo sapo gris que respiraba con gran ruido.
Al terminar la conferencia, el presidente de la Tsebuku arrastró a Persikov otra vez sobre el escenario para que saludara al público, cosa que éste hizo irritado. Cientos de caras pálidas y de pecheras blancas oscilaron ante él en la penumbra, y, de pronto, la cartuchera amarilla de un revólver relampagueó un momento para desaparecer en seguida tras una columna. Persikov lo advirtió vagamente, pero lo olvidó al instante. "



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