El cartero de Neruda (fragmento)Antonio Skármeta

El cartero de Neruda (fragmento)

"A las metáforas del poeta, que continuó cultivando y memorizando, se unieron ahora algunos comestibles que el sensual vate ya había celebrado en sus odas: cebollas («redondas rosas de agua»), alcachofas («vestidas de guerreros y brumidas como granadas»), congrios («gigantes anguilas de nevada carne»), ajos («marfiles preciosos»), tomates («rojas vísceras, frescos soles»), aceites («pedestal de perdices y llave celeste de la mayonesa»), papas («harina de la noche»), atunes («balas del profundo océano», «enlutadas flechas»), ciruelas («pequeñas copas de ámbar dorado»), manzanas («plenas y puras mejillas arreboladas de la aurora»), sal («cristal del mar, olvido de las olas») y naranjas para tramar la «Chirimoya alegre», postré que sería el hit del verano junto a «Lolita en la playa» por los Minimás.
Al poco tiempo llegaron hasta la caleta algunos jóvenes obreros que fueron clavando postes desde el caserío hasta la carretera. Según el compañero Rodríguez, los pescadores tendrían electricidad en sus casas antes de tres semanas. «Allende cumple» dijo enrulándose la punta del bigote. Pero los progresos en el pueblo, traían aparejados problemas. Un día en que Mario preparaba una ensalada a la chilena digitando el puñal en un tomate, como un bailarín de la oda de Neruda («debemos por desgracia asesinarlo, hundir el cuchillo en su pulpa viviente»), observó que la mirada del compañero Rodríguez se había prendido del culo de Beatriz, de vuelta al bar tras haber puesto el vino en su mesa. Y un minuto después, al abrir ella los labios para sonreírle, cuando el cliente le pidió «esa ensalada a la chilena», Mario saltó por encima del mesón cuchillo en ristre, lo elevó entre ambas manos por encima de la cabeza como había visto en los westerns japoneses, se puso junto a la mesa de Rodríguez, y lo bajó tan feroz y vertical que quedó vibrando ensartado unos cuatro centímetros en la cubierta. El compañero Rodríguez, acostumbrado a precisiones geométricas y a mediciones geológicas, no tuvo dudas que el mesonero poeta había hecho el numerito a modo de parábola. Si este cuchillo penetrara así en la carne de un cristiano, meditó melancólico, se podría hacer un gulasch con su hígado. Solemne, pidió la cuenta, y se abstuvo de incurrir en la hostería por tiempo indefinido e infinito. Adiestrado a su vez en el refranero de doña Rosa, que siempre procuraba matar dos pájaros de un tiro, Mario le sugirió a Beatriz con un gesto, que constatara cómo el torvo cuchillo seguía rajando la noble madera de raulí, aun cuando el incidente había tenido lugar hacía ya un minuto.
—Caché —dijo ella.
Las ganancias del nuevo oficio permitieron que doña Rosa hiciera algunas inversiones que funcionaran cual cebo para amarrar nuevos clientes. La primera, fue adquirir un televisor pagadero en incómodas cuotas mensuales, que atrajo al bar un contingente inexplotado: las mujeres de los obreros del camping, quienes dejaban marcharse a las carpas a sus hombres para que descabezaran una siesta arrullada por las opíparas raciones del almuerzo convenientemente aliviadas por un tinto cabezón, y que consumían interminables agüitas de menta, tecitos de boldo, o agüitas perras, mientras glotonamente devoraban las imágenes de la teleserie mexicana Simplemente María. Cuando después de cada episodio surgía en la pantalla un iluminado militante del marxismo en la sección cultural denunciando el imperialismo cultural y las ideas reaccionarias que los melodramas inculcaban en «nuestro pueblo», las mujeres apagaban el televisor y se ponían a tejer o echaban una mano de dominó.
Aunque Mario siempre pensó que su suegra era tacaña —«usted parece que tuviera pirañas en la cartera, señora»— lo cierto es que al cabo de un año de rasmillar zanahorias, llorar cebollas y descuerar jureles había juntado suficiente plata como para empezar a soñar en hacer su sueño realidad: comprarse un pasaje aéreo y visitar a Neruda en París. "



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