Hacia la muerte (fragmento)Amos Oz

Hacia la muerte (fragmento)

"El buhonero judío permaneció allí como si no lo hubiera oído. Abrió su boca, pero lo pensó mejor y calló. Levantó los brazos de par en par y luego los dejó caer. Giró y comenzó a marchar despacioso cuesta abajo como si aún llevara la pesada bolsa en las espaldas. No miró a su alrededor. Con cautela apuró el paso. Al llegar a la curva del camino, comenzó a correr inclinado hacia adelante; arrastraba los pies como un hombre enfermo que tropieza y va a desplomarse.
Pero una vez que hubo sorteado la curva dio un súbito salto y redobló la marcha, perdiéndose de vista con asombrosa velocidad. No dejó de correr zigzagueante hasta que una flecha se alojó entre sus hombros. Entonces se detuvo, llevó el brazo hacia atrás, arrancó la flecha de su carne y se volvió sosteniéndola ante sus ojos con ambas manos, como si debiera inspeccionarla cuidadosamente. Permaneció mirándola hasta que una segunda flecha atravesó su frente y le hizo soltar la primera. El buhonero permaneció inmóvil; la flecha en su cabeza sobresalía de manera tal que lo asemejaba a un obstinado unicornio listo para embestir, con los pies clavados firmemente en el suelo. En seguida articuló un solo grito, no muy largo y no muy alto, como si finalmente hubiera decidido entregarse, y se desplomó de espaldas. Allí yació sin temblores ni estremecimientos.
La comitiva comenzó a ponerse en marcha. Andrés Alvárez, el gaitero, trazó una gran cruz con sus dedos por sobre los campos, el bosque y el cielo. Las mujeres que seguían a la expedición permanecieron durante un momento al lado del cadáver que se enfriaba; una de ellas se inclinó y le cubrió el rostro con el borde de su manto. La sangre le manchó las palmas de las manos y la mujer comenzó a sollozar. Claude el Jorobado, que se había dirigido hacia la retaguardia, se sintió inundado por una terrible compasión y marchó detrás de la mujer, susurrando con voz suave palabras piadosas. De esa manera los dos encontraron algo de paz. Esa noche abrieron la alforja del buhonero y, entre los trapos viejos, descubrieron brazaletes y aros y sandalias de mujer de una clase que nunca vieran en la región de Avignon, de extraordinaria belleza, que podían cerrarse y abrirse por medio de una traba encantadora y fascinante. "



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