En las montañas de Holanda (fragmento)Cees Nooteboom

En las montañas de Holanda (fragmento)

"Era verdad. El espectáculo que ofrecía la soberana con uno de sus exuberantes sombreros —como si la corona de metales preciosos, que no llevaba nunca, se hubiese convertido en otra de tela o de paja finamente trenzada y, en virtud de ello, hubiese adquirido el derecho de extenderse hacia todas partes— entre los sureños, que mostraban su júbilo con danzas y aclamaciones, producía en los norteños una ligera vergüenza, debida en gran parte a su deseo de participar en aquella despreocupada alegría de la que se sentían eternamente excluidos. Y aunque las visitas reales no tenían lugar con demasiada frecuencia, la jefe de Estado parecía disfrutar mucho durante las mismas, como si allí encontrase la quintaesencia de la noción de «súbdito», la prolongación natural de su propia existencia llevada a su máxima expresión. Que el hombre algo sombrío y retraído que la acompañaba no compartiera su éxtasis, a ella no parecía inquietarle. En virtud de su peculiar función heredada, estaba llamada a constituirse en una especie de unidad mística con su pueblo, y aquellas gentes, dijérase lo que se dijese de ellos, eran su pueblo.
—Os envío a Dachfart —dijo Reier—, a Anhovet, Doremenen, Touchtlake, Barech, Slaec —los nombres, de resonancias exóticas a oídos de los norteños, salían fluidamente de sus labios—. Pequeñas ciudades, pero ciudades con teatros. Y un teatro —añadió tautológicamente— es un teatro, esté donde esté. ¿O prefieres trabajar en una oficina?
Lucía apretó los puños. Si no hubieran sido modelados por la naturaleza en su forma temporal, sino vaciados en b ronce por Ghiberti, en Sotheby, habrían pagado por ellos muchos millones. La muchacha suspiró. Dentro de la realidad inversa en que viven los artistas, un mundo en el que no esté permitido disfrazarse y donde, por consiguiente, haya que aparecer en todo momento tal como uno es, sería la primera visión del infierno.
—No me atrae al idea —dijo Kai—. Quizá sea mejor que vayamos a hablar con otro, si tú no puedes hacer nada por nosotros. Tengo un amigo en la Sección de Recreo del Ejército…
—Y os mandarán también al Sur. Eso si os admiten, porque en la actualidad todo consiste en sesiones de cine. Por lo demás, ¿te parecería bien actuar con ella delante de una manada de lobos hambrientos que se aburren como ostras? Hay más tropas allí que aquí.
También eso era verdad. El movimiento independentista del Sur ya había costado la vida a un buen número de miembros de la policía nacional y de funcionarios del Estado. Todavía no era un verdadero movimiento popular, pero la policía por sí sola no estaba en condiciones de reprimirlo con eficacia, menos aún desde que un gobierno indulgente había permitido que se formara en el Sur un cuerpo de policía propio, compuesto, sobre todo entre los hombres de inferior graduación, de sureños. Un gobierno posterior, alarmado ante el creciente número de actos violentos, había mandado al ejército, que cumplía su tarea más bien a regañadientes. Cada víctima militar era objeto en el Norte de gran publicidad, lo cual tuvo como consecuencia, a su vez, que las encuestas indicaran que la inmensa mayoría de la población norteña prefería antes perder que conservar las ruinosas provincias del Sur.
—Cuando volvamos de allí —dijo Kai—, si es que volvemos, todo el mundo nos habrá olvidado.
—¿Es bonito aquello? —preguntó Lucía.
La noción de belleza en relación con los Países Bajos del Sur era rara. Igual que a los sureños la llanura del Norte les parecía grisácea y ventosa, a los Figurones, como se llamaba a la gente del otro lado de los Puertos, se les antojaba el Sur desolado, agreste y maligno. Y los habitantes, atrasados, por supuesto. Si uno no tenía allí nada que hacer, no iba.
—Bonito —dijo Reier y pensó en comidas rancias, caminos polvorientos, puertos nevados y un viento glacial que en invierno cortaba el aliento—, ¿qué es lo bonito? Eso depende del gusto de cada cual. Eres una soñadora y has escogido un oficio duro en un mundo duro. Pero de eso coméis. Bonito… Hay montañas y a mí las montañas no me gustan. Pero los teatros son bonitos, y allí todavía hay teatros. Y para quienes llevan en la sangre afán de aventura, siquiera un poquito, es una experiencia magnífica.
Kai se levantó.
—Nos lo pensaremos —dijo.
Cuando hubieron salido del despacho, Reier marcó en el teléfono un número largo. Alguien contestó.
—Todo arreglado —dijo Reier—. Van a ir.
Pronunció las palabras muy lentamente, como si las dirigiera a un sordo o a un niño muy pequeño. "



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