Día de silencio en Tánger (fragmento)Tahar Ben Jelloun

Día de silencio en Tánger (fragmento)

"El aburrimiento viene cuando la repetición de las cosas se hace lacinante, cuando la misma imagen se empobrece a fuerza de estar siempre presente, se gasta. El aburrimiento es esa inmovilidad de los objetos que rodean su cama, objetos tan viejos como él; incluso usados están siempre ahí, en su sitio, útiles, silenciosos. El tiempo pasa con una lentitud que le irrita.
La mujer de la limpieza friega el suelo sin prestar atención a su presencia. Canturrea como si estuviera sola. El la observa con impotencia y renuncia a pedirle que no haga tanto ruido. Se dice a sí mismo que no lo comprendería. Procede de la periferia de la ciudad, donde se ha amontonado la gente del éxodo rural de cualquier modo y en cualquier sitio. Ella no le inspira nada. La mira y se pregunta qué diantre hace en la casa. Es todavía joven y fuerte. Se dice que no corre el peligro de verse postrada en cama por la enfermedad. Además, si cayera enferma probablemente no estaría sola. Alrededor de ella estaría toda la familia. Parientes, vecinos y amigas. A él le gustaría mucho ver a sus hijos. Pero no alrededor de su cama. Es un mal presagio y además no es para tanto. No es grave. Sobre todo, no hay que alertar a los hijos.
No, nada de familia. Sería prematuro, se dice. Además sólo le gusta ver a la familia en los momentos de alegría y en las fiestas. De momento se las arregla como puede con la bronquitis. Pero el aburrimiento, esa soledad, lenta, espesa y opaca es más fuerte, más insoportable que la enfermedad. Los vecinos no son amigos. No son más que vecinos. Ni buenos ni malos. No se les puede invitar a una tertulia. No lo comprenderían. Quizá no tuvieran nada que decir a un viejo enfermo que se aburre. Mientras que él tendría muchas historias que contarles. Pero se burlarían. ¿Por qué motivo tendrían que escuchar a un extraño? Le conocen e incluso oyen su voz cuando se encoleriza o cuando se debate con un ataque de asma. Le ven pasar por la calleja, siempre puntual, cuatro veces al día. Cuando no le oyen salir por la mañana, suponen que está en cama. Y entonces oyen su tos aguda, sibilante y profunda. También pueden verle desde la terraza, apoyado en un arbusto, con la mano en el pecho, intentando escupir el montón de flemas que obstruyen sus bronquios.
Lanza nerviosamente escupitajos blanquecinos al suelo y mira a su alrededor para asegurarse de que nadie le observa. No le gusta ese estado que le disminuye y le fuerza, incluso se reprocha tener que padecerlo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com