Los intérpretes (fragmento)Wole Soyinka

Los intérpretes (fragmento)

"En uno de los coches delanteros, un rostro se fruncía en dolorosa concentración sobre un fajo de papeles, sin duda el oficiante. Sagoe miró de nuevo al duelo del otro entierro. Si antes parecían estúpidos, ahora parecían decididamente imbéciles. Sin duda inmersos en su dolor, necesitaban algo más que eso para permanecer inmóviles mientras la lenta cohorte avanzaba en su resplandeciente gloria. No podían sentirse indiferentes a la exhibición que pasaba ante ellos, su agitación revelaba inquietud, y todos se refugiaban examinando los tacones de las zapatillas de tenis del hombre que tenían delante. El parachoques retorcido servía para los dos primeros.
Pero ninguno de los participantes en aquella mascarada, la imposición final de Sir Derinola a sus conciudadanos, se atrevió a apartar la mirada del parabrisas que tenía delante, o sus pensamientos de las esperanzas de que su propio funeral alcanzara algo de la gloria de aquel preclaro hijo de la tierra. Que, ante las tres horas de interrupción del tráfico de Sir Derinola, él pudiera alardear seis. La mitad del cortejo de Sir Derin ya había pasado antes de que un policía acudiera al rescate del cortejo de a pie, detuviera la multitud y permitiera al exiguo acompañamiento cruzar el puente. En el cementerio, separados por un centenar o más de tumbas, los dos cuerpos aceptaron sin embargo su destino común, juntos pasaron al olvido final.
Sagoe se unió al cortejo de Sir Derinola y se abrió camino entre los asistentes, luchando sin pausa hasta alcanzar las coronas amontonadas. Tomó abiertamente una de vidrio y dos frescas, murmurando: la de vidrio para el Espíritu Santo, las otras para el Hijo y el Padre; eso al menos me lo debes, Sir Morgue, estoy seguro de que no te importará,
Como pudo, se abrió camino hacia fuera, a tiempo para ver a los otros trajinando por sacar el ataúd del coche. Sagoe entregó las coronas al más cercano, sin decir nada. Solo entonces advirtió que el conductor no era un hombre blanco, sino albino. Se quedó apenas unos minutos más y luego, sintiendo una repentina revulsión hacia su papel —porque sólo entonces tomó conciencia de estar con ellos únicamente porque veía ahí una historia que reflejar en su página—, se volvió y se alejó de allí, en el momento en que el albino se dirigía hacia él, quizá para agradecerle las coronas.
Caminó aprisa, casi corriendo, hacia la salida del cementerio. Cuando los altavoces empezaron a difundir por todas partes el panegírico que el orador lanzaba al millar largo de asistentes del entierro de Sir Derin, las palabras resonaron fuertemente en su cabeza. Sagoe huyó perseguido por silencios que dejaron en el mundo jirones de ruidos como:
...su vida nuestra inspiración, su idealismo nuestra esperanza, la supervivencia de su espíritu entre nosotros la esperanza de una futura Nigeria, de un irredentismo moral y un rejuvenecimiento nacional. "



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