La última llama (fragmento)Italo Svevo

La última llama (fragmento)

"Volvió a su casa mucho más tranquilo. Había surgido en él aquella obstinación de la que estaba dispuesto a jactarse como de una fuerza. No se acercaría a Angelina sino en el caso en que ella misma se lo pidiera, Podía esperar, y aquella relación no debía ser restablecida con un acto de sumisión de su parte.
Pero no pudo dormir, y en el esfuerzo vano para conseguido, su excitación aumento como en la noche anterior. Su agitada fantasía construyó completamente el sueño de una traición de Balli. Sí, Balli lo traicionaba. Esteban le había confesado poco antes que había deseado hacer posar a Angelina para un boceto. Ahora, sorprendido por Emilio en su estudio junto, a ella, mientras la retrataba casi desnuda, se disculpaba recordándole aquella confesión. Emilio, para castigarlo, pronunciaba frases candentes de odio y de desprecio. Eran muy distintas de las que había dirigido a Angelina, pues ahora tenía todo derecho. Ante todo la larga amistad, luego, la promesa formal. ¡Y cómo eran de complejas aquellas frases! Eran dirigidas, por fin, a alguien que podía comprenderlas como quien las decía.
Lo arrancó de estos sueños la voz de Amalia, que resonaba clara y tranquila en el cuarto cercano. Sintió un alivio al ser arrancado de su pesadilla, y saltó de la cama. Se puso a escuchar. Durante un rato largo sólo oyó palabras en las que no se descubría ninguna relación, sino una gran dulzura: ¡nada más! La soñadora quería otra vez algo que también otro quería; a Emilio le pareció como prender que ella quería más de lo que se le pedía: quería que otro exigiera. Era verdaderamente un sueño de sumisión. ¿Acaso el mismo de la noche anterior? Aquella desdichada se había construido una segunda vida: la noche le otorgaba aquel poco de felicidad que el día le rehusaba.
¡Esteban! Ella había pronunciado el nombre de pila de Balli. —¡Esta también! —pensó Emilio con amargura. ¿Cómo no se había percatado antes? Amalia se reanimaba sólo cuando llegaba Balli. Más aún, ahora se daba cuenta que ella tenía siempre para el escultor aquella misma sumisión que le tributaba en el sueño. En sus ojos grises brillaba una luz nueva no bien miraba al escultor. No cabía duda. Amalia también amaba a Balli.
Desdichadamente, al volverse a acostar, no pudo dormir. Recordaba con amargura que Balli se vanagloriaba de los amores que despertaba y cómo, con una sonrisa de persona satisfecha, había afirmado que el único éxito que le faltaba en la vida era el éxito artístico. Luego, en el estado de duermevela en que cayó, tuvo pesadillas absurdas. Balli se aprovechaba de la sumisión de Amalia, y rehusaba, riendo, cualquier reparación. Despabilado, no encontró que sus sueños fueran ridículos. Entre un hombre tan corrompido, como era Balli, y una mujer tan ingenua como Amalia, todo era posible. Decidió emprender la curación de la hermana. Empezaría por alejar de su casa a Balli, quien, desde algún tiempo, aunque sin culpa, se había vuelto portador de desgracias. Sin él, la relación con Angelina hubiera sido más dulce, y no hubiera sido complicada por tantos celos amargos. También la separación sería ahora más fácil.
En la oficina, la vida de Emilio era muy penosa. Le costaba un esfuerzo enorme dedicarse al trabajo. Todo pretexto era bueno para dejar su mesa y dedicarse, aunque fuera sólo por algunos instantes, a acariciar, mecer su dolor. Parecía que su mente estuviese destinada exclusivamente a eso, y en cuanto podía dejar de atender a otras cosas, volvía espontáneamente a las ideas de su predilección. De esas ideas se llenaba como un vaso vacío, y él se sentía aliviado como si quitara de sus hombros una carga insoportable. Sus músculos se reponían, se extendían, volvían a su natural posición. Cuando, por fin, llegaba la hora en que podía dejar la oficina se sentía verdaderamente feliz, pero por poco. Al comienzo se ahondaba con voluptuosidad en sus añoranzas y en sus deseos, que se hacían cada vez más evidentes, más razonables, y de ellos gozaba hasta que topaba con algún pensamiento de celos que lo hacía estremecer de dolor. "



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