La ciudad perdida en la nieve (fragmento)Italo Calvino

La ciudad perdida en la nieve (fragmento)

"Marcovaldo había doblado la esquina y estaba dando paladas en el patio.
Los chicos del patio habían hecho un monigote de nieve.
—¡Le falta la nariz! —dijo uno de ellos—. ¿Qué le ponemos? ¡Una zanahoria! —y corrieron a sus respectivas cocinas a buscar entre las legumbres.
Marcovaldo contemplaba el hombre de nieve. «De modo que, bajo la nieve, no se distingue lo que sea de nieve y lo que sólo esté cubierto. Salvo en un caso: el hombre, pues está claro que yo soy yo y no eso de ahí».
Absorto en sus meditaciones, ni se dio cuenta de que, desde el tejado, dos hombres gritaban:
—¡Eh, don usted, échese a un lado! —eran los que limpiaban de nieve las tejas. Y de pronto, una carga de tres quintales de nieve se le vino exactamente encima.
Los chiquillos regresaban con su botín de zanahorias.
—¡Oh! ¡Han hecho otro hombre de nieve! —en mitad del patio había dos monigotes idénticos, próximos.
—¡Les pondremos nariz a los dos! —y hundieron sendas zanahorias en las cabezas de los dos hombres de nieve.
Marcovaldo, más muerto que vivo, notó, a través de la envoltura que lo tenía sepultado y hecho un sorbete, que le llegaba comida. Y masticó.
—¡Virgen Santa! ¡La zanahoria ha desaparecido! Los chicos se asustaron de veras.
El más valiente no se amilanó. Tenía una nariz de recambio: un pimiento; y se la colocó al hombre de nieve. El hombre de nieve la engulló como la anterior.
Entonces probaron con un trozo de carbón, de esos en forma de bastoncito. Marcovaldo lo escupió con todas sus fuerzas.
—¡Socorro! ¡Está vivo! ¡Está vivo! —los chiquillos salieron de estampida.
En un rincón del patio había una reja por la que salía una nube de vapor. Marcovaldo, con torpe paso de hombre de nieve, hacia allá se encaminó. La nieve se disolvió a escape, corría en cien riachuelos por su ropa: reapareció un Marcovaldo tumefacto y embotado por un resfriado colosal.
Tiró de pala, sobre todo para calentarse, y se puso a trabajar en el patio. Tenía un estornudo que se había detenido en lo alto de la nariz, voy, no voy, y no se decidía a salir. Marcovaldo daba a la pala, los ojos cerrados a medias, y el estornudo seguía encaramado en lo alto de la nariz. De pronto: el «¡Aaaaa…» fue casi un movimiento sísmico, y el «… chússs!» más recio que el estallido de una mina. A causa del desplazamiento de aire, Marcovaldo fue a botar contra la pared.
Vaya con el desplazamiento: era una auténtica tromba de aire lo que el estornudo había provocado. Toda la nieve del patio se levantó en un remolino como de tormenta, y aspirada desde arriba se pulverizó en el cielo.
Cuando Marcovaldo pudo abrir los ojos después de su desvanecimiento, el patio estaba enteramente expedito, sin el menor copo de nieve. Y a los ojos de Marcovaldo volvía a presentarse el patio de siempre, sus paredes grises, los cajones del almacén, las cosas de cada día esquinadas y hostiles. "



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