La gran aventura (fragmento)Pearl S. Buck

La gran aventura (fragmento)

"Mary recogió los restos de su dignidad y se puso en pie. Odiaba cuanto tenía a su alrededor; los muros de tierra negra de la casa, el piso de tierra, la mesa hecha de tablas, los pocos platos desportillados, los raídos vestidos que llevaban, los alimentos que no podía llegar a cocinar bien. El huerto que empezó en primavera no había dado fruto alguno. Anhelaba el sabor de verduras frescas y azuzó a Clyde hasta obligarle a arar una pequeña parte de aquella tierra cubierta de corta hierba. Pero una sola arada no fue suficiente para matar aquellas tenaces raíces. Habían vuelto a vivir, ahogando las simientes, y entonces llegaron los secos vientos del verano y largas semanas sin lluvia, y no había sombra en ninguna parte. Debió abandonar el huerto y la pradera se había vuelto a apoderar de él, hasta no poderse adivinar dónde había ella sembrado amorosamente las semillas.
Y entonces se rebeló, con todas sus fuerzas, contra su nueva gravidez. Pero ¿qué podía hacer cuando estaba obligada a vivir con un hombre que se tornaba huraño y furioso cuando le negaba su cuerpo? En aquellos momentos le parecía increíble que los besos de Clyde hubieran, antaño, podido subyugarla, y el cuerpo de su esposo fuera su más profundo placer. Algo no estaba bien entre los hombres y las mujeres para que la costumbre pudiera empañar tal gloria. Pero ella nada conocía que pudiera salvarla, aunque su pérdida se había convertido en la trágica atmósfera de su ser, en una forma incomprensible que sólo alcanzaba a sentir débilmente. Algunas veces ansiaba hacer revivir la pasada felicidad y, sin embargo, cuando dejaba que Clyde comprendiera su anhelo en una mirada o una palabra implorante, aquello acababa siempre de la misma forma, en aquel acto que, sin conocer los motivos para ella, había perdido toda significación, excepto como cosa temible.
—Voy a echarme un rato —dijo.
Su sensible corazón se sintió conmovido al pensar en aquellos hijos: Ruth, tan turbada; Jamie, malhumorado, e incluso Maggie, que no sabía qué decir.
—No me hagáis caso —murmuró—. Pobres pequeños, jamás me recordaréis como verdaderamente soy. Sólo tendréis memoria de una mujer cansada e irritada.
Se alejó en su silencio, viendo la lejana carretera por la puerta entreabierta. Era sólo una senda entre la hierba, el principio de la cual se encontraba lejos, en el Este, terminando junto al Pacífico. En el aire quieto que reverberaba sobre la hierba requemada por el verano vio unos pequeños puntos que se movían, brillando con blanco fulgor bajo los rayos del sol. Eran carretas. "



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