Una historia de amor y oscuridad (fragmento)Amos Oz

Una historia de amor y oscuridad (fragmento)

"Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector. No es que no haya nada que buscar entre el texto y el autor: hay lugar para una investigación biográfica y hay placer en el chismorreo, y tal vez el trabajo de campo biográfico en algunas obras literarias tenga un moderado valor de chismorreo. Tal vez no haya que menospreciar el chismorreo: es el pariente pobre de la literatura. Es cierto que la literatura normalmente no se digna a saludarlo por la calle, pero no hay que olvidar el parentesco que hay entre ellos, pues es un impulso eterno y universal husmear en los secretos del prójimo. Quien no haya gozado nunca de los encantos del chismorreo que se levante y tire la primera piedra. Pero el placer del chismorreo es tan sólo algodón de azúcar. El encanto del chismorreo está tan lejos del encanto de un buen libro como un refresco con colorantes del agua fresca y del loado vino. Cuando era pequeño me llevaron dos o tres veces, para celebrar Pésaj o Año Nuevo, al estudio fotográfico de Edi Rogoznik, en la playa Bugrashov de Tel Aviv. En el estudio había un hombre musculoso, un gigante pintado y recortado en cartón cuya espalda estaba sujeta por dos postes, un diminuto bañador se ajustaba a sus lomos de toro, y tenía montañas de músculos y un formidable pecho velludo y bronceado. Ese gigante de cartón tenía un agujero en lugar de cara y detrás había un taburete con peldaños. Edi Rogoznik te mandaba que te pusieses detrás del héroe, que subieses dos peldaños del taburete, que sacaras tu pequeña cabeza hacia la cámara de fotos a través del agujero de la cabeza de ese Hércules, te pedía que no te movieses ni pestañeases, y apretaba el botón. Al cabo de diez días íbamos a por las fotos, en las que mi cara pequeña, pálida y seria se erguía sobre el cuello de toro lleno de marcados tendones, rodeada por los rizos de Sansón, unida a los hombros de Atlas, al pecho de Héctor, a los brazos de Coloso. Pues bien, toda buena obra literaria nos invita de hecho a sacar la cabeza por alguna de las criaturas de Edi Rogoznik; en vez de intentar sacar por allí la cabeza del escritor, como hace el lector banal, tal vez convenga sacar la propia cabeza por el agujero y ver lo que pasa. Es decir: el espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor sino el que está entre lo escrito y tú mismo. En vez de preguntar: «Cuando Dostoievski era estudiante, ¿de verdad asesinó y robó a ancianas viudas?», prueba tú, lector, a ponerte en el lugar de Raskolnikov para sentir en tus carnes el terror, la desesperación y la perniciosa miseria mezclada con arrogancia napoleónica, el delirio de grandeza, la fiebre del hambre, la soledad, el deseo, el cansancio y la añoranza de la muerte, para hacer una comparación (cuyo resultado se mantendrá en secreto) no entre el personaje del relato y los distintos escándalos en la vida del escritor, sino entre el personaje del relato y tu yo secreto, peligroso, desdichado, loco y criminal, esa terrible criatura que encierras siempre en lo más profundo de tu mazmorra más oscura para que nadie pueda adivinar jamás la esencia de tu existencia, ni tus padres, ni tus seres queridos, no sea que se aparten de ti con espanto igual que se huye ante un monstruo. Mira, cuando lees la historia de Raskolnikov, siempre que no seas un lector chismoso sino un buen lector, puedes interiorizar a ese Raskolnikov, introducirlo en tus sótanos, en tus oscuros laberintos, tras las rejas y en la mazmorra, para que se encuentre allí con tus monstruos más vergonzosos y abominables y podrás compararlos con los de Dostoievski; los monstruos de la vida cotidiana no los podrás comparar nunca con nada pues tú nunca se los mostrarás a ningún ser humano, ni siquiera en voz baja, en la cama, al oído de quien se acuesta contigo por las noches, no sea que en ese mismo instante coja la sábana espantado, se cubra con ella y huya de ti gritando de terror. Así podría Raskolnikov endulzar algo la vergüenza y la soledad de la mazmorra a la que todos nos esforzamos en condenar a nuestro prisionero interior de por vida. Así los libros podrían apiadarse de ti por la tragedia de tus abominables secretos: no sólo de ti, amigo mío, quizás todos seamos un poco como tú: nadie es una isla, pero todos somos media isla, una península rodeada casi por todas partes de agua negra y, a pesar de todo, unida a otras penínsulas. Rico Danon, por ejemplo, en el libro El mismo mar, piensa en el misterioso hombre de las nieves de las montañas del Himalaya: Todo aquel nacido de mujer lleva sobre sus hombros a sus padres. No sobre sus hombros. En su interior. Durante toda su vida debe llevarlos, a ellos y a todo su cortejo, a sus padres, a los padres de sus padres, una muñeca rusa preñada hasta la última generación. Vaya a donde vaya lleva padres en sus entrañas. Cuando se acuesta lleva padres en sus entrañas. Cuando se levanta lleva padres en sus entrañas, tanto si se aleja como si se queda donde está. Noche tras noche comparte su cama con su padre y su lecho con su madre hasta que le llega la hora. Y tú, no preguntes: ¿Son hechos reales? ¿Es lo que le pasa al autor? Pregúntate a ti mismo. Por tus propias circunstancias. Y la respuesta puedes guardártela para ti. "


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