Perfidia (fragmento)James Ellroy

Perfidia (fragmento)

"Una marcha militar interpretada por una tuba sonó por el sistema de megafonía y distorsionó el vocerío. Oí revuelo y miré alrededor. Bob Hope acompañaba a una docena de marineros al cuadrilátero.
Todos nos pusimos en pie y los vitoreamos. La música se apagó o se fundió con los vítores: no supe muy bien si lo uno o lo otro. Bob Hope cogió el micrófono del ring y ensartó una sucesión de chistes. Nadie lo oyó. No queríamos oírlo. No podíamos dejar de vitorear y vivir el momento.
Hope desistió y saludó a la muchedumbre agitando los brazos. Nuestros vítores pasaron a ser patadas en el suelo y silbidos. Hope se llevó a los marineros del cuadrilátero y los acompañó hasta una fila de asientos del fondo. Unos policías lo llevaron al vestíbulo. Su actuación duró menos de tres minutos.
Todos nos sentamos. Cogí a Scotty de las manos y las mantuve apoyadas en mi regazo. Vi a un apuesto joven japonés entrar en el pabellón e ir a la segunda fila. Llevaba en la cazadora la letra del instituto Belmont; atrajo muy diversas miradas, que oscilaban entre la curiosidad y la hostilidad manifiesta.
La gente miraba, la gente cuchicheaba, la gente clavaba los ojos en él sin empacho. La gente murmuraba «japo» y abucheaba.
El micrófono volvió a descender desde las vigas. El presentador entró en el cuadrilátero.
El bramido previo al combate principal ahogó toda invectiva posterior; el japonés ocupó su asiento. Gritos y palmadas rítmicas se impusieron a las presentaciones. Yo ya conocía los datos de memoria.
Diez asaltos, en la categoría de los pesos semipesados. Wardell «Junior» Wilkins, «la Sensación Sepia», 22, 4 y 16. Y, ahora, aún invicto con 35-0, ¡Bucky Bleichert, «el Astuto», de Glassell Park!
Le di un apretón en la mano a Scotty y entrelacé mis dedos con los suyos. Un negro larguirucho salió al trote y, agachándose, accedió al ring. Lo recibió una andanada de abucheos. Los pocos negros en la sección de espectadores de color le dedicaron los únicos vítores.
El árbitro y los segundos saltaron al cuadrilátero. El joven japonés volvió la cabeza y echó una ojeada atrás pasillo arriba; nuestras miradas se cruzaron por un instante. Siguió mirando atrás. Volví la cabeza y seguí la línea de su mirada. Bucky salió de pronto del vestuario y danzó de puntillas.
Llevaba su bata verdinegra del Belmont. Enseñó sus dientes de conejo y alzó un guante para saludar a su difunta madre en el cielo. Se me cortó la respiración, como siempre. Bucky pasó junto a nuestra fila. Se detuvo en el segundo pasillo y tendió una mano enguantada. El japonés le tocó el guante. Bucky le sonrió. Al hombre se le anegaron los ojos en lágrimas. "



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