La oculta (fragmento)Héctor Abad Faciolince

La oculta (fragmento)

"Todas las vacaciones, cuando estábamos todavía en el colegio, Eva iba a trabajar en la panadería de mi mamá; le ayudaba a hacer las cuentas en una sumadora de manivela, y hacía con lápiz unos cuadros muy ordenados de todos los gastos en papeles verdes grandes como fundas de almohada. Mi mamá había abierto un pequeño negocio en Laureles, nuestro barrio, la Panadería Anita, pero no tenía bien organizado el asunto de los ingresos y los egresos: el azúcar, los tipos de harina, el aceite, la mantequilla, lo que los hornos gastaban en electricidad, la levadura, el pago al único panadero que tenían al principio. También el lápiz se afilaba en un sacapuntas de manivela y Eva lo mantenía muy afilado para que las cifras le salieran nítidas y precisas, con trazos muy delgados, firmes y redondos. Cuando acababa de hacer las cuentas, también ella se metía adentro, a la parte de los hornos, con mi mamá, y le ayudaba a hacer el hojaldre, a preparar los rellenos de los pasteles, que empezaban a venderse al lado de los panes.
Toño era muy niño todavía, y vivía en otro mundo. Había llegado tarde, cuando ya no creíamos que íbamos a tener otro hermanito. Y de bebé había sido como una muñeca más para Eva y para mí. Siempre fue un niño hermoso, de pelo muy negro y abundante, ensortijado, de facciones pulidas como las de una niña. Por la calle muchas veces preguntaban ¿cómo se llama la niña?, y él a veces contestaba, con rabia y risa, Antonia. Siempre tuvo la cara muy femenina, y como era lampiño, y lo sigue siendo, había en su aspecto algo ambiguo, de hombre y mujer al mismo tiempo. Tiene la voz muy dulce, aflautada, aunque yo no diría que es amanerado, sino una voz delicada, como de italiano. Es flaco y largo, y con unas manos delgadas, largas y pulidas, que siempre ha movido con ademanes elegantes, como de bailarín de ballet. Cuando mi mamá abrió la panadería él era muy chiquito todavía, tendría siete u ocho años, si mucho, y estudiaba violín todo el día, con un violín pequeño, pero muy fino, decía mi papá, que se lo había hecho traer de Estados Unidos. La casa era como un ensayo permanente, a veces muy lindo pero a veces también un pito insoportable, cuando tenía que repetir el mismo pedazo toda la tarde, para aprendérselo bien, o cuando trataba de afinar una nota que no le salía, moviendo sus deditos largos y pulidos. Ya algunos, sobre todo otros niños, y primos, empezaban a decir que era raro. Marico, se decía en esa época, con o y no con a. Mi papá le decía siempre: “¡Machito pues, mijito, bien machito!”, cuando se asustaba con un insecto o cuando se pasaba horas peinándose frente al espejo su melena negrísima. También los ojos eran muy negros, y si te clavaba un rato la mirada —dura, honda— la gente se sentía calada, analizada. Esa era su única dureza, porque en otras cosas él no era capaz de ser machito y era más bien blando, suave. Le daba miedo montar a caballo en La Oculta; no era capaz de ordeñar ni de coger un grillo. Aunque le habíamos enseñado a nadar, decía que en el lago no nadaba porque cuando se metía al agua oía las voces de los ahogados que lo llamaban desde el fondo y le decían: “Ven, ven, ven a hacerme compañía que tengo frío”, o peor, en diciembre, le cantaban un villancico: “Ven, no tardes tanto”. No le gustaban los juegos de los niños, no salía a la calle a jugar fútbol ni a tirarles piedras a los pájaros, le daba miedo que le dieran un balonazo en las manos, y se cuidaba los dedos como si fueran de vidrio: decía que su profe de violín le había advertido que las manos eran el tesoro del violinista. Si iba Martica la manicurista a pintarle las uñas a mi mamá, a él también le gustaba que le hicieran el manicure. Si mi papá lo veía en esas, pegaba un grito; él toda la vida se había arreglado las uñas solo, con un cortaúñas, y ya está. El abuelito Josué decía que entre tantas mujeres y tantos mimos estábamos volviendo a Toño un afeminado, y mi papá y mi mamá sufrían, pero no podían hacer mucho: Toño era como era. Era delicado y dulce, muy ingenuo, ¿por qué había que cambiarlo y volverlo como un gamín? A Eva y a mí nos gustaba así, delicado, tierno.
Yo era muy mala para hacer cuentas y peor para amasar, así que nunca les ayudaba a Eva y a mi mamá en la panadería. Prefería salir con las amigas, o con Alberto, que me llevaba a cine, a fiestas, a reuniones familiares. En cambio, Eva tenía ese destino que nadie le había asignado, pero que era así: estar al lado de mi mamá en el trabajo, administrar con métodos modernos la Panadería Anita, que así se llamaba y se llama todavía, aunque hubo que venderla en los años de la crisis, después de la muerte de Cobo, cuando parecía que a este país se lo iba a llevar el demonio y cuando Eva se hartó de sufrir por mantener a flote un negocio tan difícil. Mi mamá puso la plata de la venta en acciones, y vivió de esa renta hasta el final de sus días; con esa misma renta, más la pensión de mi papá, nos ayudó siempre a resolver los problemas de La Oculta. Y más mientras tuvo la panadería y Eva le ayudaba con la gerencia. Mi mamá, que no había hecho estudios universitarios, pudo llevar muy bien las cuentas de la panadería mientras nosotros crecimos, pero el negocio también fue creciendo y cuando llegó la hora de que Eva entrara a la universidad, ya la panadería empezaba a quedarle grande a Anita, por su mismo éxito. "



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