Aún es de día (fragmento)Miguel Delibes

Aún es de día (fragmento)

"Los vasos, cortos y pesados, rodaron, uno tras otro, por la bruñida superficie de mármol. Por primera vez en la vida, Sebastián notaba depender de él otros seres; aunque fuese para tan mermada satisfacción como vaciar un vaso de mal vino.
No le agradó a Sebastián la bebida, pero le agradó, en cambio, el excitante calorcillo que suscitó en su estómago. Constataba que la sangre se inflamaba y su humana realidad tomaba una trascendencia desmesurada en el espacio. Sebastián pagó los chatos y salieron. Los dos hermanos chicoleaban con desparpajo a las muchachas, y Martín casi enredaba las narices en sus melenas para murmurarles al oído piropos picantes. Emeterio lo hacía a voz en grito, más para que le admirasen sus compañeros y le aplaudiesen que para que las destinatarias se diesen por aludidas. Se diría que a Emeterio le apremiaba la idea de ocupar el puesto de conquistador ostentoso que Hugo había dejado vacante. Eran distintas técnicas del chicoleo, pero todas igualmente nuevas y desconocidas para Sebastián.
Entraron en otro bar y, al abandonarlo, Sebastián apreció que no le importaba caminar por una calle tan concurrida, ni que la gente lo mirase y lo midiese. Después de todo, que uno sea bajo y feo no significa nada si es simpático y generoso. Y tiraba las pesetas en las barras de los bares como quien está habituado al despilfarro.
La calle iba llenándose de ecos lejanos para Sebastián. Sus compañeros emanaban una alegría contagiosa y estridente que les imprimía a todos la necesidad de hablar a gritos. Era una locuacidad desenfrenada la que les había abierto el vino. Los grupos los miraban al pasar, pero a Sebastián no le importaba. «Soy el eje de esta alegría; si yo me planto, se acabó el optimismo», se decía. Y sentía una vanagloria primeriza y pueril de ser cabeza, razón y motivo de algo, que, poco a poco, iba adquiriendo su importancia. Tras el cuarto vaso, Sebastián imaginó que no le importaría piropear a una muchacha; y, tras el quinto, que no se achicaría si Emeterio le exigiera palmear a cualquier transeúnte y llamarle, cuando volviera la cabeza, «tío cornudo». Aquellos vocablos chocarreros que tanto daño le hacían normalmente, se le presentaban ahora como ingeniosas combinaciones de sílabas, que encerraban la gracia en sí mismas, prescindiendo de su significado. ¡Oh, qué optimista se sentía Sebastián! Pasaba de un extremo a otro del grupo y se reía a carcajadas cuando Emeterio le decía «chiquitín». Sebastián empezaba a comprender a su madre. El vino no sabía bien, pero ¡cómo cambiaba la fisonomía de las cosas! Y la alegría de seis solamente le había costado cuatro duros. Aún podría gastar otros dieciséis, y entonces el júbilo les haría reventar a todos. Sus compañeros le consideraban, le trataban como a un amigo más, tal vez el más importante, y ya no tenía que esconderse recelando una alusión. ¡Que le aludiesen cuanto les diese la gana! A él le hacían gracia todas las alusiones. Incluso que uno de los hermanos le apretase la ligera chepa y le afirmase «que debía de ser muy hermoso caminar siempre con un cerro a las espaldas». ¿No era gracioso esto? Todo era muy gracioso y alegre esta noche. La calle, llena de gente, a la que otros días temía como a un monstruo, era esta noche campo conquistado; él la hacía exuberante con sus gritos y sus contorsiones.
Paulatinamente fue perdiendo Sebastián la noción del tiempo. Entraban y salían en los bares, y los vasos achatados, colmados de dorado líquido, se le aparecían por todas partes. Una muchacha retaquilla y absurda de formas propinó un sonoro bofetón a Emeterio, y todos se caían de risa, tropezando, indecisos, unos con otros. Martín, de improviso, animó a Sebastián a piropear a una mujer. A Sebastián le sedujo la idea y recordó, como por un milagro, un requiebro que leyera una vez en la envoltura de un caramelo. Significaba una grosera solicitud de un beso. Se reían todos al verle vacilar en la elección de víctima. Sebastián experimentó una satisfacción reconfortante al constatar con cuánta facilidad hacía reír a sus compañeros. "



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