La exiliada (fragmento)Pearl S. Buck

La exiliada (fragmento)

"Usaban para sus lecciones una pequeña hoja en la que aparecían los sonidos del dialecto de Hangchow, preparada por algún americano, y una copia del Nuevo Testamento en chino. Eran éstos sus textos de estudio. El maestro comenzó y al mediodía habían aprendido ya algunas frases. Desde entonces, de ocho a doce y de dos a cinco, estudiaban con el viejo, y por la noche pasaban revista a lo que habían aprendido durante el día.
Carie mostró inmediatamente una facilidad extra ordinaria para el lenguaje hablado; una facilidad que, según me han dicho, Andrés encontraba a veces un poco irritante y que lo hacía ponerse algo terco, pues lo habían educado en la doctrina de la superioridad masculina. Pero tenía más paciencia para aprender a conocer los caracteres y con esto se consolaba, considerando que era ésta la verdadera prueba de erudición. El buen oído de Carie y su pronunciación notablemente natural la ayudaron siempre. Andrés era demasiado tímido para practicar lo que sabía, pues temía parecer ridículo en sus errores; pero Carie no tenía nada de orgullo y timidez. Cada palabra que aprendía la ponía en uso con el primero que quisiera hablar con ella: con el viejo portero, que siempre tenía ánimo para reírse; con la cocinera o con la sirvienta de la casa. Cuando cometía un error sabía reír con el mismo buen humor que los demás, gozando con igual intensidad que ellos. Sacrificaba su dignidad a su afición a divertirse, y, con su sonrisa fácil y sus brillantes ojos oscuros, llegó pronto a ser muy querida de las damas chinas. Esto se debía, también, a que demostraba un sentimiento de afecto tan humano que nadie podía dejar de reconocerlo. Cuando se percató de que aquella gente era igual que ella, empezó a tratarla exactamente como si hubiera sido de su propia raza, sin ningún sentido de extrañeza, y esto no se debía a un esfuerzo estudiado de su parte, sino al torrente natural de simpatía humana que fluía de su corazón. El desaseo y la falta de honradez eran los dos únicos vicios que provocaban su indignación y la hacían pensar, por un momento nada más, si era posible que ellos —la gente—, pudieran llegar a «ser buenos», ya que estas dos faltas parecían, a veces, ser tristemente universales.
Después de estudiar durante el día, daba largos paseos con Andrés, y juntos exploraban la ciudad y los alrededores. No tardaron en preferir el campo, pues las calles estrechas y tortuosas, los mendigos y la vida profusa y malsana deprimían a Carie de un modo intolerable. Además, las turbas los seguían de cerca por dondequiera que fuesen, y esto resultaba desagradable. Pero creo que lo que más le impresionaba era la vista de las innumerables escenas tristes y en especial, quizá, los ciegos. Muchas veces la he visto apartarse, los ojos llenos de lágrimas e invadida por la compasión, para dejar pasar a un ciego. Ya fuera hombre, mujer o niño, una persona ciega, si era pobre, le hacía buscar algún dinero en su bolsillo. "



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