Vamos a calentar el sol (fragmento)José Mauro de Vasconcelos

Vamos a calentar el sol (fragmento)

"Lancé un suspiro de alivio, porque el reloj estaba dando las siete y media. En seguida me mandarían al colegio. Tarcísio estaría esperándome en la plaza del Palacio, con su uniforme tan bonito, tan de moda: con pantalones de campana diferentes de los míos, ajustados y más cortos. No sé lo que le costaría a mi madre dejar que los míos estuvieran hechos como los de los otros niños. ¿Qué costaba que cualquier otra cosiese mis pantalones? Pero no, ¡qué maldad! Doña Beliza, la hermana de Ceição, creaba aquellos monstruos pasados de moda para que todo el mundo se riera de mí y me hiciese sufrir.
—Es un animal de la selva. Cuando ve a la gente, le entran ganas de irse a su cuarto.
Así disculpaba mi madre mi impaciencia. Además, es que aquella cena infernal no acababa nunca. Era una conversación insulsa, rebosante de toda clase de misterios. Sólo hablaban de la novela, pero a trocitos, interrumpiendo en los momentos que debían de ser más interesantes.
Cuando conseguí dar las buenas noches a todos y sentí que la puerta de mi cuarto se cerraba a mi espalda, respiré feliz.
Allí estaba Maurice. Tenía sol por todas partes: en el pelo, en la sonrisa, en la preciosa corbata con lazo de pajarita.
Se levantó y me estrechó en sus brazos.
Yo lo abracé con tantas ganas, que me dijo:
—Cuidado, Monpti, que me vas a tirar contra la silla.
—¡Ah! Maurice, Maurice. ¡Cuánto te he echado de menos! Esta semana me ha resultado interminable. Tengo tantas cosas, tantas novedades, que contarte.
—Déjame verte.
Obedecí y me aparté.
—Muy bien, muy bien. Con muy buen color, pero igual de delgadito y debilucho. Tenemos que ocuparnos de eso.
Volvió a su silla y yo me quedé delante de él, en la cama.
—Maurice, primero tengo que hacerte una pregunta sobre una cosa que está en un libro del que desde hace tres días se habla aquí, en mi casa, exclusivamente. El escritor ha cenado con nosotros y por eso he tardado tanto en llegar.
—A ver, ¿qué?
Solté la pregunta como si fuera una piedra.
—¿Qué es la cocaína? Maurice puso ojos como platos.
—¿El qué?
—Pues eso, la cocaína. Ayer pregunté a Fayolle y él se enrolló muchísimo y me dijo que, cuando tuviera quince años, podría saberlo.
Maurice me alisó el mechón rubio.
—Bueno, yo no voy a ser tan riguroso. Tendrás que esperar menos: cuando tengas catorce años y medio, te lo contaré. Si lo descubres antes, no ganarás nada, porque no tiene la menor importancia, sobre todo comparado con tantas cosas interesantes que, según has dicho, tienes para contarme.
—Sí que tengo. Y tú, ¿has filmado mucho?
—Bastante.
—¿Escenas de amor?
Me apuntó con el índice con tanto encanto, que sonreí.
—¡Monpti, Monpti! He hecho muchas escenas en las que cantaba en un café y al aire libre. Es una película poco divertida que hago para cumplir el contrato y hasta que aparezca algo más interesante.
Me miró como siempre me gustaba que lo hiciera.
—Bueno, a ver: las novedades.
—Maurice, mis días están contados.
—No irás a decirme que vas a morirte de nuevo. Venga, Chuch, que ya superaste esa fase.
—No. Nadie va a morir. Es que voy a abandonar los estudios de piano y voy a ser de nuevo una persona.
Le conté todos los pormenores y él escuchaba muy atento. Cuando terminé, Maurice estaba bastante preocupado.
—Pero, ¿te has quedado totalmente satisfecho con esa solución?
—Creo que sí, Maurice. Todo fue muy definitivo.
—Entonces hemos ganado la guerra con el primer enemigo.
Me asusté.
—¿Y hay otro?
—Otro tal vez más importante. Ven aquí.
Me senté en el brazo del sillón y él me atrajo hacia su pecho, con lo que mi cara quedó apoyada en su cabeza. Eso era lo que yo deseaba de un padre. Su mano me alzó la barbilla y noté que sus dedos eran suaves. Después éstos se detuvieron en mi garganta. Su voz nunca había sonado tan cariñosa. Si yo hubiese seguido siendo un llorón, ya habría soltado la llantina, pero me contuve hasta el punto de sentir sólo humedecidos los ojos. "



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