La canción de los misioneros (fragmento)John Le Carré

La canción de los misioneros (fragmento)

"Bridget tenía la oreja a treinta centímetros de mi boca y llevaba un perfume llamado Je Reviens, que es el arma elegida por Gail, la hermana menor de Penélope. Gail, la niña de los ojos de su padre, se había casado con el dueño de un aparcamiento, miembro de una rama segundona de la aristocracia. Penélope, en represalia, se había casado conmigo. Así y todo, incluso hoy se necesitaría un consejo de jesuitas del más alto nivel para explicar lo que hice a continuación.
Pues ¿por qué un adúltero recién ungido, que horas antes se ha abandonado en cuerpo, alma y orígenes a otra mujer por primera vez en sus cinco años de matrimonio, siente el impulso irresistible de poner a su esposa engañada en un pedestal? ¿Intenta recrear la imagen de ella que ha profanado? ¿Recrea la imagen de sí mismo antes de la caída? ¿Estaba pasándome factura mi culpabilidad católica, siempre presente, en medio de mi euforia? ¿Era ensalzar a Penélope lo más parecido que podía hacer a ensalzar a Hannah sin delatarme?
Poco antes abrigaba la firme intención de sonsacar a Bridget en lo referente a mis nuevos contratantes y, por medio de sagaces preguntas, averiguar algo más acerca de la composición del cártel anónimo y su relación con los muchos organismos secretos del Estado británico que se afanan día y noche para protegernos, lejos de la mirada del espectador medio. Sin embargo, mientras nos abríamos paso entre el tráfico casi detenido, acometí un aria a pleno pulmón en loa de mi esposa Penélope, proclamándola la compañera más fiel, refinada, fascinante y atractiva que podía tener un intérprete acreditado y soldado secreto de la Corona, amén de brillante periodista, que combinaba tenacidad y compasión, y fantástica cocinera, cosa que, como deduciría cualquiera teniendo en cuenta quién guisaba, rayaba en la fantasía. No todo lo que dije era totalmente positivo, claro, no podía serlo. Si hablas a otra mujer sobre tu esposa en plena hora punta, tienes que sincerarte un poco acerca de sus aspectos negativos, so pena de quedarte sin público.
—Pero ¿cómo demonios llegaron a conocerse el señor y la señora Perfectos? Eso quiero yo saber —protestó Bridget con el tono ofendido de quien ha seguido las instrucciones del envoltorio, sin éxito.
—Bridget —contestó una voz desconocida dentro de mí—, así fue cómo ocurrió.
Son las ocho de la noche en el triste estudio de soltero de Salvo en Ealing, le cuento mientras, cogidos del brazo, esperamos a que cambie el semáforo. El señor Amadeus Osman, de la Agencia de Traducción Jurídica Internacional, me llama desde su maloliente oficina de Tottenham Court Road. Debo ir derecho al Canary Wharf, donde un gran periódico nacional ofrece una fortuna por mis servicios. Corren todavía mis días de esfuerzos ímprobos, y el señor Osman es mi dueño a medias.
En menos de una hora me hallo sentado en las lujosas oficinas del periódico con el director a un lado y su escultural periodista estrella —¿adivinan quién?— al otro. Ante nosotros, en cuclillas, está su supersoplón, un marino mercante afroárabe, barbudo, que, por el dinero que yo gano en un año, difundirá un rumor acerca de una red de agentes de aduanas y policías corruptos que opera en los muelles de Liverpool. Habla un inglés macarrónico, pues su lengua materna es un clásico suajili con dejo tanzano. Nuestra estrella de la crónica negra y su director se encuentran en el proverbial brete del periodismo sensacionalista: si verificas la fiabilidad de tu fuente con las autoridades, pones en peligro el notición; si depositas tu confianza en la fuente, te demandan por difamación y los abogados te dejan hasta sin camisa. "



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