La velada del helecho (fragmento)Gertrudis Gómez de Avellaneda

La velada del helecho (fragmento)

"Antes de que pudiera terminar su frase la sorprendida joven entró Juan Bautista en la estancia, y al encontrar a su hija sola con Arnoldo frunció su poblado entrecejo, y aun hizo ademán de querer expresar su descontento con alguna ruda palabra, que ya acudía a sus labios, cuando adelantándose el joven, le dijo resueltamente:
-En vuestra busca vengo, señor Keller, necesito hablaros.
-¡Hacedlo pues! -respondió con sequedad el ganadero, sentándose junto a una mesa en la que empezó a desenvolver un gran paquete de pólvora que acababa de comprar.
-Debéis conocer -dijo acercándose Arnoldo, mientras Ida, toda amedrentada, se arrinconaba al extremo opuesto de la sala-, debéis conocer, señor Keller, que hace más de un año que amo apasionadamente a vuestra hija, y no concibo felicidad posible si no alcanzo que me la deis por mujer.
-¡Hum! ¿qué decís? -pronunció Juan Bautista soltando su paquete y mirando al joven pasmado de su audacia-. ¡Daros por mujer a mi hija!
-Esa es toda mi ambición -repuso aquel, perdiendo visiblemente la serenidad con que comenzó a explicarse.
-Bien lo comprendo -dijo con maligna sonrisa el ganadero-. Ida es hija única de un hombre que puede alfombrar con sus quesos todo el camino de Neirivue hasta el Moléson: pero aunque me hagáis la justicia de creer que no soy ni avariento ni orgulloso, bien podríais conocer que no es posible consienta en entregar mi heredera a quien nada posee en el mundo. No es justo que Ida compre a su marido, ¿entendéis? Hay un antiguo refrán que dice: «para que un casamiento sea dichoso, es menester que uno de los dos lleve el almuerzo y el otro la comida».
-Eso me parece muy bien -replicó el joven-; pero no presumo que exijáis sea un potentado vuestro yerno.
-No, ciertamente -dijo Keller-; ni un potentado ni un mendigo; ni más ni menos que mi hija; pero sabed, Kessman, que el día que se case Ida llevará por dote a su marido un alpage de primer clase con una sennte de doscientas vacas de las mejores del país, con la añadidura de trescientos ducados de Berna en buena moneda de oro.
-¿Os bastaría -dijo Arnoldo-, que esa dote pudiera ser aumentada por el marido de Ida con mil piezas de oro de treinta y dos franken?
-¿Qué duda cabe? -contestó el ganadero, que no sabía qué pensar de todo aquello. Os he dicho que no ambiciono por yerno un potentado, que me contento con que mi hija no caiga con su dote en manos de un descamisado; esto no lo digo por vos, Arnoldo, no trato de ofenderos en lo más leve. Si se le presenta un partido ventajoso, y por tal estimaría al mozo que comenzase su carrera con mil piezas de oro de treinta y dos franken, no solo lo aceptaría gustoso, sino que hasta aumentaría la dote de la niña con cincuenta vacas más. "



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