Los indiferentes (fragmento)Alberto Moravia

Los indiferentes (fragmento)

"Leo alzó los brazos y sonrió de mala gana. Le embargaba un deseo casi incontenible de dar dos sonoras bofetadas a María Engracia. Por un instante, Carlota contempló a la pareja. “¿Y esta noche tengo que ir a su casa?”, repetíase. Le parecía extraña. Ahora estaba sentada ante el piano de su casa, y dos horas después se hallaría en la cama de Leo. Pero como adivinaba la amorosa impaciencia del hombre, un poco para alejar el momento de la decisión y otro poco por coquetería, quiso seguir tocando.
—Está bien —dijo con firmeza—. Leo no se marchará. Seguirá aburriéndose durante diez minutos más... ¿No es cierto, Leo? —Abrió un voluminoso libro y con rostro atento y preocupado empezó a tocar de nuevo.
«¡Ah, pequeña bruja! —pensó Leo—. Quieres verme morir de impaciencia... Quieres verme agonizar.” Ahora, música, conversación, silencio, todo se le hacía intolerable. La lujuria le devoraba. No tenía más que un solo deseo: llevarse a Carlota a su casa y poseerla. “¡Quién sabe lo que durará esto! —pensó, escuchando con rabia los primeros acordes—. ¿Diez minutos? ¿Un cuarto de hora? ¿Qué diablos me habrá inspirado la peregrina idea de hacerla tocar?” Pero María Engracia no se daba por vencida. Tocó la espalda del hombre.
—Y mañana por la mañana —dijo con melindrosa sonrisa, como si continuara una conversación interrumpida —iré a casa de mi abogado para que disponga todo lo necesario para la subasta de la villa.
Si una teja le hubiera caído sobre la mesa, Leo no se habría sorprendido tan desagradablemente como al oír estas palabras. Su rostro se tornó carmesí y luego violáceo. Apretó con rabia los dientes. Breves frases relampagueaban por su mente. “Sólo me faltaba esto, y precisamente esta noche. ¡Que Dios la maldiga! Estas cosas sólo me pasan a mí.” Después se volvió hacia la madre.
—Tú no harás tal cosa —la intimó, tuteándola, dominado por el furor y cerrando instintivamente los puños.
“Ahora se tirarán de los pelos”, pensó Miguel observándolos con fastidio.
—Claro que lo haré —respondió María Engracia con jactanciosa tranquilidad—. Y mañana mismo...
—Es una locura... —comenzó Leo. Cogió una mano de la mujer y la apretó contra el diván—: Tú... usted quiere subastar su casa para perder el cincuenta por ciento... Y me lo viene a decir esta noche. —”Precisamente esta noche”, se repitió interiormente, mirando con furia a Carlota—. Ahora que el contrato está hecho y no falta más que firmarlo, esto..., esto es una verdadera locura...
—Llámelo como quiera —respondió la madre, adoptando una calma digna de un santo—, pero lo primero que haré mañana por la mañana será ir a casa de mi abogado.
Leo la miró. A la irritación que su insatisfecha lujuria le producía se añadía ahora aquel nuevo contratiempo. Su instinto natural hubiera sido abalanzarse sobre la mujer, abofetearla, destrozarla; pero supo contenerse. "



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