Siete casas en Francia (fragmento)Bernardo Atxaga

Siete casas en Francia (fragmento)

"Durante todo el tiempo en que los pendientes de esmeraldas permanecieron bajo tierra, él albergó en su corazón la ilusión de que alguna vez se casaría, y de que aquellas piedras preciosas serían el regalo de boda para su novia; pero la llamada de la Force Publique había llegado antes de cumplirse su sueño, de modo que, al abandonar su hogar y salir para África, las había sacado de su escondite para guardarlas en el fondo de su petate. Seis años más tarde, seguían allí.
Enjugándose las lágrimas con la manga de la camisa, cogió el petate de un rincón de la paillote y recuperó la cajita de nácar. Estaba algo deteriorada por los golpes sufridos durante tantos años; pero las esmeraldas relucían como el primer día, límpidas, intensamente verdes. Incluso a la mortecina luz del quinqué, los ojos las distinguían enseguida del resto de objetos comunes y se quedaban hipnotizados ante ellas.
Chrysostome no era pédé, pero le gustaban las joyas. Le encantaban. Él lo sabía bien porque muchas veces lo espiaba por una hendidura de su paillote y lo veía sacando brillo al reloj o a la cadena de oro. Sin duda, en ese aspecto Chrysostome era como otro de sus hermanos, que se negaba a vender las piezas que había robado, y que con los años llevó su manía hasta tal extremo que cuando lo apresó la policía y registró su habitación se encontraron con un auténtico botín; «la cueva de Alí Baba», lo llamó el jefe de policía.
Le propondría un trato a Chrysostome. Él le regalaría los pendientes de esmeraldas; a cambio Chrysostome tendría que ocuparse de lavar a la muchacha el siguiente jueves y todos los jueves venideros. No era una decisión fácil. Su ilusión por casarse perduraba en su mente tan íntegra e intacta como las dos esmeraldas engarzadas en los pendientes, y le dolía que las piedras preciosas no pudieran finalmente ser propiedad de la soñada mademoiselle que se convertiría en su esposa.
La ilusión quedó arrinconada en su interior. Por muy hermosa que fuera, carecía del peso suficiente para equilibrar una balanza en la que, como contrapeso, figuraba el castigo de Lalande Biran. No deseaba ser enviado a la zona del Lomani y morir quemado o despellejado por los rebeldes. Tampoco de otra manera, pero mucho menos así. Los pendientes debían ser para Chrysostome.
Existía un riesgo, indudablemente. Podía suceder que Chrysostome se apoderara de la caja de los pendientes y luego, mostrando un cartucho, le amenazara: «Como denuncies que te los he quitado te meto esto en la cabeza». Pero no era probable. Por regla general, los asesinos no solían ser ladrones, y viceversa. Al menos en su familia siempre había sido así.
Despuntaba el alba cuando abandonó su paillote con la cajita de nácar. El momento era grave, y la nuez de su garganta subía y bajaba sin parar. Instantes después, cuando se reunió con Chrysostome y vio que se le iluminaban los ojos, comprendió con alivio que su plan iba a tener éxito.
La vida de Donatien cambió para bien después de que Chrysostome superara la prueba ante Lalande Biran, Van Thiegel y Richardson. Chrysostome lavó perfectamente bien a la muchacha, haciéndole la prueba de virginidad que exigía el capitán con la ayuda de unos guantes de caucho, y los tres mandos se marcharon convencidos de que su plan se estaba cumpliendo a rajatabla. "



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