La isla del padre (fragmento)Fernando Marías

La isla del padre (fragmento)

"Cuando escribo en Bilbao lo hago sobre la vieja mesa abatible de la casa familiar, el lugar exacto donde preparaba los exámenes en mi adolescencia. Secreter, se llamaban este tipo de mesas, eso me parece recordar. La palabra ha acudido a mi mente aunque puede que haga cuarenta años que no la pronunciaba, incluso me atrevería a decir que nunca se la he oído pronunciar a nadie, aparte de mi madre y mis hermanos, aparte de los habitantes del pasado de esta casa.
Un impulso repentino y firme me ha traído hasta esta mesa abatible, despreciando cualquiera de las otras mesas más amplias y cómodas que quedan en la casa; en alguna de ellas ya he escrito en otras ocasiones, sobre una en concreto escribí hace mucho una novela casi completa.
El secreter es la mesa donde, con quince años, soñaba que llegaría a ser un gran director de cine. Sentado a esta mesa se me han saltado lágrimas de emoción al concebir escenas que no han llegado a existir y aquí, preparando los exámenes de física y matemáticas, supe lo que es verte obligado a memorizar algo que detestas. Si levanto la vista hoy, ahora, veo también huellas de mi paso que dejé aquí hace cuarenta años, por supuesto sin imaginar que las visitaría con melancolía tanto después. Nunca me había detenido a observarlas de nuevo, porque el secreter y todo el mueble que lo contiene fue convertido en archivador donde mi padre guardaba los recortes de prensa referidos a las películas de mi hermano o a mis novelas, y sin embargo me ha estremecido comprobar, al sentarme de nuevo, que identifico en el acto mis viejas señales de náufrago adolescente. Hay, rotulada a bolígrafo sobre una esquina tan discreta de la madera que resulta necesario torcer un poco el cuello para verla, una fila de números que tracé un día de junio de 1975. Me atrevo a precisar la fecha porque he recordado cómo y por qué los escribí. Se suceden en orden decreciente, del once al cero, y los cuatro últimos están tachados, como marcas de recluso ante el fin de su larga condena. Contaba así los días que restaban hasta el final del curso, que por entonces concluía a mediados de junio, después del cual vendría el verano y, tras él, el viaje al mundo, partir hacia Madrid para estudiar cine, mi destino de aventurero. Me he visto, casi diría que con nitidez literal, tachando los cuatro últimos números, del ocho al once, ambos inclusive, pero ignoro por qué no taché los demás. Puede que el mínimo espacio de madera que hay entre el último número tachado, el ocho, y el primero sin tachar, el siete, sea la frontera entre el sentimiento de hallarme a merced de los lóbregos curas educadores y el aire limpio, respirado a pleno pulmón, al saberme y sentirme a punto de partir hacia el futuro anhelado. Puede que sea el 7 de junio de 1975, pues, el momento del salto mental, el equivalente en mi propio Historial nunca escrito del día en que mi padre embarcó por primera vez, y así lo hizo constar... «Embarco el día 17 de noviembre de 1954 en el puerto de Bilbao»... También puedo ver sobre la superficie de la mesa dos largos senderos de puntazos cruzados uno sobre otro formando una especie de equis, justo junto a mi mano derecha. Acuchillaba la mesa, lo recuerdo bien. Mientras estudiaba las materias que detestaba acuchillaba la mesa. Tenía un viejo abrecartas y con él, a modo de arma, golpeaba una y otra vez la madera mientras, debatiéndome contra mí mismo, intentaba memorizar los incomprensibles principios físicos o matemáticos que necesitaba para lograr el aprobado y, con él, el pasaporte a Madrid. El aprobado en matemáticas era el certificado de libertad firmado y sellado por el alcaide. Cuando por fin lo conseguí, abrí el libro y acuchillé también, sin remisión ni medida, los dibujos de los triángulos isósceles y las ecuaciones y los logaritmos neperianos que pasaron ante mi vista, hasta que mi sed de venganza se aplacó y ese odio nimio empezó de forma natural el camino hacia su propio olvido. Apenas necesito levantar unos centímetros la vista para ver la estantería donde antes se alineaban libros de texto y algunos tomos sueltos de las enciclopedias que con los años se fueron coleccionando en la casa, varias de ellas de la editorial Salvat. Ahora están ahí mis novelas, las que he ido publicando en dos décadas largas de escritura, y se me ocurre que si cualquiera de aquellos días del 0 al 11 de junio de 1975 un hechizo prodigioso me hubiese permitido ver los títulos y portadas de los que habrían de ser mis libros futuros habría experimentado el mayor éxtasis jamás concedido a un ser humano, o el mayor vértigo, o la mayor impaciencia, puede que sobre todo la mayor impaciencia.
Cierro ahora los ojos, fantaseo... Si en este instante ese mismo hechizo me concediese la oportunidad de ver mis próximos libros, con sus portadas y títulos... ¿me atrevería a mirar? La pregunta, que no me animo a responder, me regala, tal vez por eso, una revelación. De pronto, interpreto de otra manera la escena que transcurre ahora, justo mientras tecleo las palabras mientras tecleo: Fernando, a los cincuenta y seis, escribe sobre la mesa en la que escribía a los quince. Pero solo importa que soy el último habitante de esta casa en la que, desde 1912, cuando la alquilaron mis abuelos, ha vivido nuestra familia. Cuatro generaciones han habitado entre estas paredes, cada uno de esos espectros ha recorrido el largo pasillo central muchas, incontables veces, todos ellos, todos nosotros, hemos girado los pomos de las puertas o apoyado los codos sobre la barandilla de la gran terraza asomada sobre la ciudad. Todos hemos temido o anhelado el futuro mirando hacia los montes lejanos. Mis padres fueron los últimos habitantes de la casa. Cuando mi padre murió se dio un paso hacia el fundido a negro; cuando mi madre se trasladó a casa de mi hermana se dio el siguiente, más denso y terminal. La casa está vacía desde entonces. Y me ha llamado, ya solitaria, para que escriba aquí. Es ella la que me ha conducido por el pasillo hasta la mesa del pasado donde escribo. Es ella la que ahora me hace ver que soy la última persona que la habitará. Pero solo mientras escriba. Luego, apenas termine este libro, la casa morirá. Cuando cierre por última vez la mesa abatible del secreter cerraré otras muchas puertas. Todas las puertas. La llave que giró una vez girará en sentido contrario para cerrar, ciento dos años después.
Contar es cerrar.
Aunque, quién podría evitarlo, es también vivir. "



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