Las letras entornadas (fragmento)Fernando Aramburu

Las letras entornadas (fragmento)

"Aunque seamos incapaces de delimitar la esencia de la poesía con ayuda de alguna construcción mental, por lo menos sabemos seguro que la poesía surge como resultado de trasladar incidentes de la conciencia humana a un discurso poético. Entiéndase por discurso un tramo de lenguaje escrito, oral, cantado, etcétera. Sólo en la afortunada conjunción de una personalidad creativa y un lenguaje de calidad es posible el logro poético. No basta en modo alguno la excelencia de una sola de las partes. Se puede albergar una humanidad prodigiosa, haber leído y viajado mucho, y ser un pésimo poeta. O, al revés, como ocurre tantas veces, dominar el artificio métrico y producir bloques perfectamente gélidos de mármol literario.
En las particularidades de esta alianza orgánica estriba la diferencia entre el escritor convencional de poesía y el poeta genuino, especie de rareza extrema. El resultado no se altera cuando, mediante procedimientos irracionales o por un puro automatismo de la expresión, el poeta adelanta las palabras a las revelaciones y trata de producir significados al azar. En todos los casos, para que el empeño conduzca a un poema excepcional, digno de perduración en la memoria de las generaciones, han de concurrir en mezcla óptima la revelación y los símbolos.
Digan lo que digan, esta conversión del espíritu en discurso es un acto literario. De los más antiguos y comunes que se conocen, por cierto. Negar dicho principio, con el argumento de que la poesía nos pone en contacto con realidades superiores, entraña una sacralización de la actividad poética; por consiguiente, también de sus recursos lingüísticos. Quienes pretendan convencernos de ello nos deben cuando menos una explicación. ¿Cómo es posible que un simple ciudadano sea capaz de elaborar, mediante una combinación determinada de palabras, un discurso trascendental?
Ciertos poetas no se quieren entre los que tienen por oficio escribir y se exponen a cargar de buena gana o resignadamente con las posibles repercusiones de su trabajo: la fama, el galardón y demás mundanidades. Lo suyo es otra cosa infinitamente menos frívola, más seria, más valiosa: un compromiso con la verdad. El poeta sólo responde ante su causa suprema, la poesía. Recela del aplauso ajeno a menos que sea póstumo y no lo pueda, por tanto, corromper ni desviar de su camino. De una pasta semejante han sido hechos desde antiguo los sacerdotes y los supersticiosos.
A menudo el poeta niega, en nombre de la propia sustancia de su revelación, el símbolo. Nos dice entonces que la lengua humana es insuficiente para revelar sus complejas visiones. A fin de hacerse entender, pone como ejemplo la música, que, sin dejar de ser un lenguaje, no está sometida a las sujeciones del significado. El oyente se deja transportar o simplemente decide por su cuenta lo que significa aquello. Mucho más fácil resulta, en efecto, figurarse lo inexpresable que expresarlo.
Es propio del poeta hablar desde sí sin intermediarios. Por descontado que le queda la baza del nosotros, pero siempre estarán su conciencia y su voz presidiendo la primera persona del plural. Y, sin embargo, el yo del poeta se caracteriza por su naturaleza universal. Cuando el personaje de una novela o el de una pieza de teatro dicen yo, por fuerza se refieren a sí mismos en cuanto seres singulares, únicos, irrepetibles. Cuando lo dice el poeta en el poema, entonces el pronombre personal se lo puede calzar quienquiera, por ejemplo el que lee o el que escucha, lo mismo ahora que dentro de cien años. En cierto modo el poeta expresa la intimidad de la especie, y eso sin que los elementos constitutivos del poema dejen de ser una representación simbólica de lo que él piensa, siente, etcétera.
Tiene razón Schopenhauer. El poeta es el ser humano general. En él se expresa un yo de baja densidad anecdótica, despojado de rasgos singulares aunque haga manar la poesía desde el fondo de su intimidad; un yo, por tanto, susceptible de ser transferido a toda la especie. Es por ello razonable que un poema pueda servir de letra a himnos nacionales, canciones del pueblo o, en fin, a cualquier manifestación del sentir colectivo. ¿O es que alguien se imagina a una multitud entonando con fervor patriótico diez o doce renglones de una novela?
El poeta podrá fingir, idolatrar tal vez a un ser amado que no existe; en todas las ocasiones su escritura adoptará las formas arquetípicas de una revelación. Pessoa quiso sustraerse a las limitaciones de la voz única. Con dicho fin ideó los heterónimos. Algo parecido persiguió Antonio Machado con sus apócrifos. Pero entonces, si la intimidad es fingida, si el poeta se la puede inventar, ¿dónde queda aquel compromiso inquebrantable que hacía de la poesía una manifestación superior de la verdad?
Bien mirado, lo determinante de la actividad poética radica en la creación de un lugar llamado poema, idóneo para contener aquel valor que consideramos poesía. Valor que cada cual, de acuerdo con su peculiar sensibilidad, tan pronto reconocerá en los colores de un cuadro, en una ráfaga musical, en una secuencia de película, como tal vez en una sencilla figura moldeada por las manos laboriosas de un artesano. Y también, por supuesto, en el lenguaje; esto es, en usos literarios que acompañen sin rezagarse al hombre en su incesante evolución, dispensados de repetir las viejas y polvorientas convenciones.
Porque uno podrá ser poeta sin llevar en el bolsillo un documento identificatorio de la poesía, como otros preparan guisos deliciosos sin haber investigado la estructura celular o la composición química de los distintos ingredientes. Es dudoso, en cambio, que nadie suscite la poesía si no sabe exactamente lo que es un poema. "



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