Tristán o el pesimismo (fragmento)Armando Palacio Valdés

Tristán o el pesimismo (fragmento)

"Estuvieron algunos momentos aún asomados al balcón. Al cabo se retiraron a su dormitorio. Habían sonado las doce. Tristán estaba jovial, cariñoso, prodigando a su esposa mil respetuosas atenciones. Pero de pronto, mirando un primoroso vaso de agua que había sobre la mesa de noche, se quedó serio. Aquel servicio de cristal era regalo de la marquesa viuda del Lago. Una arruga se dibujó en su frente pálida que fue poco a poco haciéndose más honda. Al volver los ojos hacia él Clara quedó sorprendida.
—¿Qué tienes?—le preguntó con afectuoso interés.
—Nada—respondió secamente.
Transcurrieron algunos instantes de silencio. Tristán habló al fin con voz sorda:
—Un destino fatal parece descender de lo alto para interponerse constantemente entre la felicidad y yo. Su mano fría me sacude con rudeza para despertarme de todo sueño dichoso, de toda dulce ilusión. Ese vaso me recuerda que hace pocas horas también se hallaba mi espíritu nadando en una atmósfera de paz y de dicha como hace un instante, y que una voz para mi antipática, odiosa, la voz del marquesito...
—¡Todavía el marquesito!—interrumpió Clara vivamente.
—Sí, todavía. Y si él no hubiera sido, la fatalidad se encargaría de buscar otro instrumento animado o inanimado para recordarme que este mundo es dolor, siempre dolor... Unos ojos que me miran agresivos, impudentes, una faz congestionada por el alcohol, una lengua estropajosa que me suelta algunas insolencias rayanas en la injuria. Y eso he tenido que sufrirlo en el momento mismo en que todas las potencias del cielo y de la tierra parecían haberse reunido para hacerme dichoso.
—Pero si ese niño estaba ebrio como dices, ¿qué podían importarte sus tonterías?
—En la embriaguez como en los sueños manifestamos lo que somos, lo que guarda el fondo de nuestra alma y que no confesamos a los demás ni a nosotros mismos. Ese niño está enamorado de ti y a mí me odia; es lógico. Ignoro si ha dado algún paso para obtener tu amor y desbaratar nuestra unión, aunque lo presumo. Pero eso no es lo principal. Lo capital en este asunto, lo verdaderamente importante para mí es el saber si tú has alentado directa o indirectamente ese amor.
—¿Acaso no te lo he repetido infinitas veces? Estoy persuadida de que ese amor del marquesito no existe más que en tu imaginación: nadie lo ha echado de ver en la casa más que tú. Pero aunque así fuese, ni yo he escuchado de su boca jamás sino frases insignificantes, ni le he tratado más que como un amigo.
Tristán guardó silencio. Se había sentado sobre el borde de la cama y con la mirada fija en el suelo permaneció algunos minutos inmóvil, abstraído. Clara le contemplaba con expresión ansiosa que por momentos se iba haciendo más dolorida.
—¡Es raro! ¡es raro!—murmuró al cabo como si se hablase a sí mismo.
—¿El qué es raro, Tristán?—profirió ella con voz angustiada que parecía haber pasado entre sollozos.
—Es raro que no habiéndole dado tú ningún aliento haya osado ese chico soltar palabras tan atrevidas.
—¿Es que dudas de lo que acabo de decirte? Esas dudas cuando éramos novios tenían poco valor, no engendraban más que riñas pasajeras que según me aseguraban eran la salsa de las relaciones amorosas, aunque yo jamás quise creerlo. Pero ahora no somos libres y la sombra de cualquier sospecha que se interponga entre nosotros puede ocasionar nuestra desgracia. Considéralo, Tristán, medita que ya no puedes hablarme de ciertas cosas sin ofenderme gravemente.
—Quisiera creerte, Clara. Tú no sabes lo que me hace sufrir la duda de que no seas toda mía en cuerpo y alma, de que permanezca escondida en el fondo de tu corazón una pequeña inclinación, una leve simpatía germen de amor hacia otro hombre. ¡Pero no puedo! La duda se me ofrece siempre como un fantasma delante de los ojos. No puedo apartarla de mi presencia. Me agarra cuando menos lo pienso y se introduce dentro de mi ser, se filtra en mis venas como un veneno sutil y me inflama...
Clara le miró fijamente con ojos donde además de la tristeza se pintaba la cólera y murmuró sacudiendo la cabeza:
—¡Está bien! ¡está bien!
—¿Qué quieres decir?—profirió él mirándola a su vez a la cara—. ¿Te está pesando de haberte casado conmigo, verdad...? ¡Sí, sí... no lo niegues...! Lo estoy leyendo en tus ojos.
—No, no me pesa el haberme casado contigo, pero sí el que me des a entender que no puedo hacerte feliz.
Hubo algunos instantes de silencio. Al cabo Tristán comenzó a decir lentamente mirando al suelo:
—Una tarde estábamos tu hermano y yo hablando en su despacho. Tú te fuiste al balcón y apoyaste tus codos en el antepecho. Poco después entró ese chico y apenas nos hubo saludado fue a reunirse contigo. Y comenzasteis a hablar en voz baja y a reíros mientras yo tenía la vista clavada sobre vosotros. Y como si mis ojos os penetrasen por la espalda uno y otro volvisteis la cabeza para mirarme y un poco de rubor subió a tus mejillas. ¿Por qué te ruborizabas?
—Tristán, ¿qué estás diciendo?—gritó ella con voz desesperada.
—Otra noche—prosiguió el joven sin hacer caso de aquel grito doloroso—estábamos en el teatro de la Comedia en un palco contiguo al de proscenio. Yo charlaba contigo y nunca había estado más alegre y más enamorado que aquella noche. Frente a nosotros había un espejo. Cuando una vez se me ocurre levantar los ojos hacia él, veo allí pintada la imagen del marquesito, que detrás de nosotros, en otro palco, te estaba contemplando a su sabor. Tú lo habías visto y no me decías nada...
—¡Tristán!—tornó a exclamar la joven con acento aún más desesperado.
Y llevándose las manos al rostro profirió estallando en sollozos:
—¿Dios mío, qué me está pasando? ¡Esto no es verdad, esto es una horrible pesadilla!
Tristán la miró un instante confuso y arrepentido. Pero alzándose bruscamente comenzó a pasear con agitación por la estancia mientras decía gesticulando nerviosamente:
—¿Y yo qué culpa tengo...? Quisiera, aun a costa de mi sangre, arrancarme de la imaginación estas escenas, pero ellas no quieren huir. Si por algunos momentos se eclipsan es para aparecer nuevamente más vivas, más crueles.
Clara se había dejado caer sobre la almohada y sollozaba con el rostro metido en ella. Él también se sentó al cabo y acometido de una tristeza profunda, infinita, contagiado por las lágrimas de su esposa, comenzó igualmente a llorar. Pronto se alzó otra vez; volvió a su paseo agitado, volvió a su monólogo amargo y exaltado; pero de nuevo vino a sentarse al lado de su esposa abatido y sollozante.
Las primeras claridades de la aurora les sorprendieron todavía llorando sentados sobre el borde de la cama. "



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