Mar muerto (fragmento)Jorge Amado

Mar muerto (fragmento)

"Todo lo que Guma consiguió fue no ser arrastrado mar afuera, más allá de la barra. Un buque entra. Todo iluminado. Las olas se estrellan contra su casco, impotentes. Pero no lo son contra el pequeño saveiro de Guma que a veces parece tragado por las olas. Sólo Livia le infunde coraje, sólo el deseo de poseerla, de vivir con ella, hace que él continúe luchando. Nunca tuvo miedo de ningún temporal. Hoy sí, por primera vez. Miedo de morir sin hacerla suya a Livia.
Consiguió entrar al río. Pero allí la tempestad lo sigue con furia. Una racha de viento apaga la linterna del «Valiente». Livia trata de encenderla, pero gasta toda una caja de fósforos sin lograrlo. Guma busca alguna pequeña cala donde pueda recostar el saveiro. Difícil, en ese comienzo del río. Solamente en la costa donde aparece el caballo blanco. Pero para un marinero es preferible aguantar la tempestad que detenerse allí donde cabalga el antiguo señor de ingenio. Están cerca. Ya se oye indistintamente el tropel del aterrador galope. El caballo pasa, vuelve, los canastos cargados golpean sus flancos, los rayos diseñan su figura.
Livia canta quedamente una canción que es una invitación a Guma. Pero el caballo blanco pasa galopando, es mejor quedarse en la tempestad. Cómo debe ser de lindo apretar su cuerpo con el cuerpo virgen de Livia. Livia divisa la cala a la luz de un rayo que corta la noche:
—Mira, Guma… Podemos anclar allí…
Qué importa el caballo blanco. Guma no quiere morir esta noche que es su noche nupcial. El caballo blanco galopa, pero Livia está cantando y no teme a la aparición. Le teme a la tempestad, al viento sur, al trueno que es la voz iracunda de Iemanjá, a los rayos que son el brillo de los ojos de Iemanjá.
Muchos años después, un hombre viejo, de esos que ya no se sabe su edad, contaba que no sólo las noches de luna son para el amor. También las noches de tempestad, las noches de ira de Iemanjá, son propicias para el amor. Los gemidos de amor eran la más hermosa música, los rayos se detenían en el cielo y se transformaban en estrellas, las olas eran mansa marejada cuando venían a morir a la arena donde alguien amaba. También las noches de tempestad son propicias para el amor. Porque hay música, estrellas, bonanza.
Había música en los gemidos dolientes de Livia. Había estrellas en sus Ojos y los rayos se detenían en el cielo. El grito de orgullo de Guma cubrió los truenos. Las olas vinieron mansamente a golpear la arena de la pequeña cala. Y fueron tan felices, tan bella fue esa noche oscura, sin luna y sin estrellas, tan llena de amor, que el caballo encantado sintió que le quitaban su carga y su castigo terminaba. Y nunca más galopó por las márgenes del río, donde ahora los marineros vienen a amar. "



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