Dejemos hablar al viento (fragmento)Juan Carlos Onetti

Dejemos hablar al viento (fragmento)

"Por compromiso tácito y palabra de hombre, nunca formulada pero sí venida sobre mí, yo estaba obligado a contarle al extinto Quinteros —que ahora se llama Osuna o cualquier manera de judío amenazado por los Reyes y converso—, yo estaba obligado a contarle mi segundo intento de fuga.
Aparte de la sexta, la posibilidad venía, podía venir, de los oídos, las voces, las palabras, las verdades pequeñas y las grandes mentiras ignoradas.
Nunca fui un caballero con el difunto Quinteros, Osuna, biznieto de fraile dibujante que ambuló por la ciudad de Santiago de Chile. Nunca le conté la historia que comienza y termina en un negocio de Lavanda, junto al Cementerio Central, donde una pareja de ceniza y rosa, una pareja de ancianos me entretuvo con una hostilidad dominada y sonriente. Nada. Era verdad, casona antigua, escaleras de mármol, él o ella en un llamado salón escritorio con ventanas al río y uno pide cuerdas de violín, viola, violonchelo, guitarra, y por capricho, si uno quisiera, contrabajo. Ellos y las enormes, desconcertantes fotografías en las paredes: ovaladas, sepias, tres o cuatro generaciones y algún desliz, más fresco, grisáceo, con dos minúsculas figuras a la izquierda de la inconfundible catedral de Santa María.
Y ellos: pelo blanco mutuo, ancas de yegua para la vieja casi enana y segregando miel cuando su mano toca la tuya. Él, alto, pesado, redondo y bueno, puesto en segundo plano por voluntad propia, apenas burlona, hablándote con su voz de elegido do grave de la viola. Es evidente que él fía y ella no. Que empezaron a jugar al sexo cuando tenían catorce años y ahora se siguen queriendo, y casi digo adoración, mediante la única manera admisible a los ochenta años de edad, sesenta y cinco o sesenta de vida en común, mediante la ironía, la broma, la burla, la ineludible ternura.
Sí, Quinteros Osuna; habían estado en Santa María, no salieron de la Colonia desde el día en que su diminuto, imposible y respetuoso Mayflower los trajo desde Europa. No salieron de la Colonia (si eso significa salir) aparte de los domingos en que la volanta primero alquilada y después propia los llevaba a la misa en la ciudad. Lo cual me preocupó por primera vez: ¿por qué, católicos, habían huido de su Suiza alemana y protestante?
Pero, de todos modos, allí estaban rodeados de ramas muertas y frescas, allí estaban, estuvieron, despreciándome con alegría mansa, zumbones, aceptando haber vivido en la Colonia y negando al misterio de su emigración segunda cualquier explicación que superara la codicia. Nada tenían que ver conmigo, con los supuestos nosotros, malditos, rebeldes, ansiosos del retorno.
—Ya no se podía vivir.
Sin necesidad de tocarse, felices en la seguridad de que no, ya no, necesitaban unir los cuerpos para defender lo sagrado de cualquier intento de intromisión, seguros de que el tiempo, la fe y el Dios a quien rezaban habían erigido —y no gratuitamente— una valla que apartaba el secreto de la inmundicia. Casi inmovibles, inescrutables y al parecer para siempre.
Juntos y sonrientes, pobre tramposo Osuna, apoyándose sin deliberación —o se trataba de una deliberación tan antigua como el olvido— para no dejar que uno de ellos, ella o él, pudiera resbalar, caer, en la trampa siempre suicida de la muerte. Ella o él que se querían desde los catorce años por encima y por debajo de todas las palabras conocidas y de todas las palabras que un genio o un imbécil tartamudo pudiera componer para expresar lo indecible, para empequeñecer y manchar aquella pureza de sesenta y cinco años. "



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