La esperanza (fragmento)André Malraux

La esperanza (fragmento)

"En los rayos oblicuos del sol, la oruga gira cada vez con mayor lentitud, como la rueda de una lotería.
González tiene su cigarrillo cerca de la última bomba. La ametralladora del capot no se mueve. Los dos hombres están heridos o muertos; si no, la cabeza hacia abajo en ese tanque dado la vuelta, del cual no pueden salir porque la torreta soporta todo el peso del tanque. Si el depósito se vuelca, antes de cinco minutos arderán: la guerra civil.
Todavía nada. La oruga se ha detenido.
González se vuelve. La artillería republicana no tira. ¿Es que hay una artillería republicana? Se pone de rodillas. En el valle marcado por las huellas de las orugas como el mar por las de los navíos, cinco tanques fuera de combate, con las formas prehistóricas de los carros derribados o dados la vuelta. (Cuando vio al primero dado la vuelta, creyó estar frente a un nuevo modelo). Dos llamean. Mucho más allá, en el día que ahora todo lo ha invadido, los últimos tanques, poco a poco escondidos por una cuesta del terreno, se lanzan sobre las líneas republicanas —las últimas antes de Toledo.
Con el pasar del día, ahora fulgurante, no se ve a los muertos entre las hierbas. Pasan las balas alrededor de los dos dinamiteros. Pepe, imitando su silbido idiota, se pega a la tierra.
Por encima de la cresta, llegan las manchas blancas de los turbantes moros.
El humo que, después de la explosión, envolvía aún el Alcázar abierto, tenía, en la frescura de la aurora, un olor húmedo y pesado con el cual se fundía el de los cadáveres. Unido a la superficie por el viento, cubría las paredes todavía en pie, como el mar un fondo rocoso. Una ráfaga más fuerte curvó su superficie estancada; bloques de piedra emergieron retorcidos. Hacia la derecha, más abajo, no avanzó por masas que se atropellan, sino como el agua que corre, llenando los agujeros y las grietas. El Alcázar pierde como un depósito, pensó Manuel.
Ocupando cada callejuela llena de escombros como si ella misma hubiera hecho la guerra, el humo invadía metro por metro las posiciones republicanas. Los sitiadores estaban ahora alejados unos de otros: la mina había hecho saltar las posiciones más avanzadas de los fascistas, pero no los subterráneos.
Por un instante, todos los ruidos cesaron, y Manuel oyó a alguien que golpeaba con el pie la piedra que tenía detrás. Era Heinrich, con un reflejo de aurora sobre su nuca espesa que se plegaba como una frente. "



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