Jóvenes corazones desolados (fragmento)Richard Yates

Jóvenes corazones desolados (fragmento)

"Y el manuscrito de «La señorita Goddard y el mundo del arte» quedó intacto durante semanas, negándose con terquedad a cobrar vida. La debilidad de su final había llegado a parecerle tan solo una parte del problema: el problema principal, decidió al cabo de mucho tiempo, era que no le gustaba. No le habría gustado si lo hubiese escrito otra persona. Incluso se inventó un escueto resumen, cargado de desprecio, que George Kelly habría podido aprobar: se trataba de un relato tipo ay-pero-qué-niña-tan-sensible-era-yo.
Aun así, en vez de destruirlo, lo metió en el cajón de una cómoda. Podría haber partes de él que algún día querría salvar y mejorar, como el primer encuentro entre la chica y la señorita Goddard («Durante uno o dos minutos pensé que igual estábamos ante una especie de historia de lesbianas, pero fue una suposición equivocada», etc.)
En agosto había empezado a pasar cada vez menos tiempo ante su escritorio. Los días brillantes se ponía un viejo bañador (un biquini azul de algodón que Michael Davenport solía decirle que bastaba para ponerle como una moto), sacaba una manta y se tumbaba a tomar el sol durante horas en su gran jardín trasero, con reservas de gin-tonic y una cubitera con revestimiento aislante, llena de cubitos de hielo, al alcance de la mano. En dos o tres ocasiones, a última hora de la tarde, entró en la casa para ponerse un fresco vestido veraniego y se marchó andando por la carretera hasta casa de los Nelson, pero todas ellas dio la vuelta cuando llevaba recorrida la mitad de la distancia y se volvió otra vez a casa porque no sabía qué les habría dicho a ninguno de los dos cuando estuviese allí.
Al principio ella misma describía la situación diciéndose que estaba «bloqueada» (todo escritor sufría un bloqueo de vez en cuando), pero entonces, una noche, tratando de conciliar el sueño, empezó a sospechar que ahí terminaba todo.
La interpretación podría causar agotamiento emocional, pero la escritura te dejaba exhausto el cerebro. Escribir conducía a la depresión y al insomnio y a andar de un lado para otro el día entero con aspecto demacrado, y Lucy sentía que todavía era joven para cualquiera de esas cosas. Hasta los placeres de la privacidad y del silencio podían reducirse a nada más que a soledad cuando tenías el cerebro exhausto. Podías beber más de la cuenta o bien castigarte manteniéndote lejos del alcohol, con el único resultado de descubrir que cualquiera de las dos opciones te privaba de la escritura en sí. Si tu cerebro llegaba a agotarse lo suficiente, durante tiempo suficiente, alguna vertiginosa serie de cagadas podía lograr que se te llevaran en volandas y te encerrasen en Bellevue, para acabar aterrada y disminuida de por vida. Y aún había otro peligro, uno que ella no habría podido vislumbrar si no hubiese trabajado tan duro en esos tres primeros relatos: si lo único que hacías era escribir sobre ti misma, podrían llegar a conocerte demasiado bien unos perfectos desconocidos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com