Ve y pon un centinela (fragmento)Harper Lee

Ve y pon un centinela (fragmento)

"Según sus cálculos, el bebé llegaría en octubre, y el día treinta de septiembre ella se quitaría la vida. 
El otoño llega tarde en Alabama. Incluso en Halloween, se pueden guardar las sillas del porche sin necesidad de abrigarse mucho. Los crepúsculos son largos, pero la oscuridad llega de repente: el cielo cambia de un naranja opaco a un azul oscuro en cuestión de segundos, y, al irse con la luz el último rayo de calor del día, empieza a refrescar.
El otoño era su estación favorita. Había un no sé qué de expectación en sus sonidos y sus formas: la algarabía lejana de los cuerpos juveniles y el sordo entrechocar del cuero en el campo de entrenamiento que había cerca de su casa la hacía pensar en bandas de música y en Coca-Colas frías, en cacahuetes secos y en el vaho de la gente, visible en medio del aire. Incluso había algo que esperar con ilusión con el comienzo de las clases: la renovación de viejas amistades y rencillas, y las semanas de repaso, volviendo a aprender lo que uno había olvidado a medias durante el largo verano. El otoño era la época de las cenas calientes, cuando se podía comer todo lo que uno se había perdido por la mañana por estar aún demasiado soñoliento para saborearlo. Su mundo estaría en su momento más dulce cuando le llegara la hora de abandonarlo.
Tenía ya doce años y había empezado el primer grado de instituto. Su capacidad para paladear el cambio tras acabar la educación primaria era muy limitada: no le gustaba tener que cambiar de aula en un mismo día, ni que le dieran clase distintos profesores, ni saber que, allá en el remoto bachillerato, su hermano se había convertido en una especie de héroe. Atticus estaba fuera, en Montgomery, para asistir a las sesiones de la asamblea legislativa, y Jem bien podría haber estado fuera con él a juzgar por las veces que lo veía.
El treinta de septiembre mató el tiempo en la escuela sin aprender nada. Después de las clases, se fue a la biblioteca y se quedó allí hasta que llegó el conserje y le dijo que tenía que irse. Volvió a la ciudad caminando despacio para seguir en su propia compañía todo el tiempo posible. La luz del día se iba desvaneciendo cuando cruzó las vías del viejo aserradero camino de la tienda de hielo. Theodore, el hielero, la saludó cuando pasaba, y ella recorrió la calle mirándolo hasta que se metió en la tienda.
El depósito de agua local estaba en un campo, al lado de la tienda de hielo. Era la cosa más alta que había visto nunca. Una minúscula escalerilla iba desde el suelo hasta una pequeña plataforma que rodeaba el depósito.
Tiró los libros al suelo y comenzó a subir. Cuando había trepado más alto que los cinamomos de su jardín trasero miró hacia abajo, se mareó y levantó la vista hacia el trecho que le faltaba.
Tenía todo Maycomb a sus pies. Le pareció ver su casa: Calpurnia estaría haciendo galletas, y un rato después llegaría Jem del entrenamiento. Miró al otro lado de la plaza y creyó ver con toda claridad a Henry Clinton saliendo de la tienda Jitney Jungle con los brazos cargados de provisiones. Las metió en el asiento trasero de un coche. Todas las farolas se encendieron a la vez, y Jean Louise sonrió con súbito deleite.
Se sentó en la estrecha plataforma y dejó colgar los pies por un lado. Perdió un zapato y después el otro. Se preguntaba cómo sería su funeral: la anciana señora Duff velaría toda la noche y haría firmar a los asistentes en un libro. Y Jem, ¿lloraría? En ese caso, sería la primera vez.
Dudaba de si debía lanzarse de cabeza o dejarse caer desde el borde. Si se daba de espaldas contra el suelo, quizá no dolería tanto. Se preguntó si ellos llegarían a saber alguna vez cuánto los quería.
De pronto alguien la agarró. Se puso rígida cuando sintió que unas manos le sujetaban los brazos contra los costados. Eran las manos de Henry, manchadas de verde por las hortalizas. Sin mediar palabra, la hizo levantarse y la obligó a bajar por la empinada escalerilla. "



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