Beatriz (fragmento)Honoré de Balzac

Beatriz (fragmento)

"Las dos mujeres, indolentes en apariencia, estaban recostadas sobre el diván de aquella salita llena de armonías, en medio de un mundo de flores y con la ventana abierta, pues el viento del Norte había cesado. Una enervante brisa del Sur rizaba el lago de agua salada que sus ojos alcanzaban a ver y el sol inflamaba las arenas de oro. Sus almas estaban tan agitadas como encalmada la naturaleza, y no menos ardientes. Triturada por los engranajes de la máquina que ella misma estaba poniendo en movimiento, Camilo se esforzaba en vigilarse a sí misma, por la prodigiosa astucia de la amistosa enemiga que había metido en su jaula; mas, para no revelar su secreto, se entregaba a contemplaciones íntimas de la naturaleza; engañaba sus sufrimientos buscando un sentido a los movimientos del mundo, y hallaba a Dios en el sublime desierto del cielo. En cuanto el incrédulo reconoce a Dios, se arroja al catolicismo absoluto que, visto como sistema, es complejo. Por la mañana Camilo había mostrado a la marquesa la frente aún bañada por los destellos de sus rebuscas durante una noche pasada en gemir. Calixto siempre se hallaba erguido ante ella como una imagen celestial.
Miraba al joven a quien se consagraba como a su ángel de la guarda. Pero no era él quien la guiaba hacia las altas regiones en que cesan los sufrimientos bajo el peso de una incomprensible inmensidad. Sin embargo, el aire triunfal de Beatriz inquietó a Camilo. Una mujer no gana sobre otra semejante ventaja sin dejarla traslucir, aun excusándose de haberla logrado. Nada puede imaginarse más bizarro en el sordo combate moral de las dos amigas, ocultándose mutuamente un secreto, creyéndose recíprocamente acreedoras de inmensos sacrificios. Calixto llegó con su carta oculta entre el guante y la mano, atento a deslizaría en la mano de Beatriz. Camilo, a quien el cambio en las maneras de su amiga no había pasado inadvertido, fingió no observarla, pero la observaba en un espejo en el momento en que Calixto iba a efectuar su entrada. En esa ocasión hay un escollo para todas las mujeres. Las más listas como las más tontas, las más francas como las más astutas, no son dueñas de su secreto, que en esos instantes reluce a los ojos de otra mujer. Demasiada reserva o demasiado abandono, una mirada libre y luminosa, la caída misteriosa de los párpados, todo traiciona entonces el sentimiento más difícil de ocultar, ya que la indiferencia tiene en sí un algo tan completamente frío, que no puede ser jamás simulada. Las mujeres poseen el genio de los matices y usan demasiado de ellos para que no se los sepan todos: y en tales ocasiones sus ojos abarcan a su rival de pies a cabeza; adivinan el más ligero movimiento de un pie bajo el vestido, la más imperceptible contracción en el cuerpo, y conocen la significación de lo que para un hombre es insignificante. Dos mujeres en mutua observación representan una de las más admirables escenas de comedia que se pueda presenciar. "



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