Nueva York, 1994 (fragmento)Sergi Pàmies

Nueva York, 1994 (fragmento)

"Devoramos una ensalada de ingredientes deliciosos pero no identificados, un filete de atún y helado Häagen Dazs de vainilla. La conversación se alarga y, de modo precario, consigo contener la bola de nervios. Constato que Auster es la personificación del carisma y de la cordialidad. Hustvedt, quizás porque no entiendo casi nada de lo que dice, parece más tensa (el azulísimo color de sus ojos se le oscurece con súbitas nubes de cansancio, que atribuyo a nuestra –mejor dicho: a mi– presencia). Cuando por la lógica del protocolo, parecería que había llegado el momento de irse, Auster nos sorprende al preguntarnos: “¿Os gustaría ver el material de Blue in the face que hemos rodado hasta ahora?”.
El privilegio de estar cerca del admirado escritor (y de admirarle aún más porque se comporta de una manera que invita a no idolatrarlo), de escucharle, de compartir anécdotas y vino, de espantar las mismas moscas, de inspirar el tabaco que el espira, de tener la oportunidad de ver juntos un trabajo inédito, nada de eso es suficiente para evitar que, con una convicción suicida, yo responsa con un no rotundo.
“No”, repito. Es una respuesta tal maleducada que Silvia ha de rescatarme y, en un tono de voz que da a entender que no he dicho lo que si he dicho, me corrige:”Sería fantástico”.
Todos hacen ver que no me han oído y me miran, perro incluido, como el conserje polaco. Subimos al primer piso, a una especie de videobiblioteca desordenada pero acogedora, con un sofá y una pantalla de televisión. Auster pone la cinta VHS y comenta las escenas. Silvia le corresponde con agradecimiento, atención y complicidad. Yo creo que tardaremos una hora más en irnos y en el taxista (que nos matará). Mientras tanto en la pantalla veo imágenes que en otra vida seguro que me habrían gustado (reconozco a Lou Reed pero como no le entiendo, no puedo imaginar que esté diciendo que Nueva York no le da ningún miedo especial, a diferencia de Suecia, que si que le da, porque en Suecia todo el mundo va borracho, y todo funciona, y estas cosas le dan miedo, pero Nueva York, en cambio, no). Y el taxista que me imagino es entonces Robert de Niro, Richard Pryor, Harvey Keitel e incluso William Hurt, con los ojos en blanco y usando el machete con una destreza cruel.
La bola de nervios gana la batalla. Pienso en lo que debe faltar para que acabe la película y en mi incapacidad de saborear este momento. Soy consciente que dentro de unas horas o mañana, me lo reprocharé con rabia, vergüenza y frustración. Y que entonces querré volver atrás –demasiado tarde– y agradecer la generosidad de los Auster y la paciencia de Silvia, a quien espero ser capaz de darle el hijo que tanto desea (no lo comento porque es un pensamiento inconfesable pero estoy convencido de que si en lugar de ser yo, el padre tuviese que ser Auster, Hurt o Keitel – por no hablar del camarero griego – ya hace semanas que estaría embarazada). "



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