El árbol de las brujas (fragmento)Ray Bradbury

El árbol de las brujas (fragmento)

"El cielo fue barrido a nuevo por las escobas.
Los chicos que ocupaban al menos ocho de estas escobas limpiaron a gritos el cielo.
Y en medio del desconcierto, mientras los alaridos de terror se transformaban en gritos de alborozo, los chicos casi olvidaron a Pipkin, que como ellos navegaba entre islas de nubes.
—¡Por aquí! —anunció Pipkin.
—¡Tan rápido como podamos! —dijo Tom Skelton—. ¡Pero Pip, qué difícil es cabalgar en el mango de una escoba!
—Curioso que digas eso —dijo Henry-Trampitas—. Estoy de acuerdo.
Todos estuvieron de acuerdo, resbalando, colgando, y volviendo a trepar.
Había ahora tal ajetreo de escobas que no quedaba lugar para nubes, ni para brumas y menos aún para nieblas y chiquillos. Había un terrible atascamiento de escobas, como si en todos los bosques de la tierra se hubiesen soltado a la vez todas las ramas que devastando los prados otoñales habían cortado limpiamente y habían apretado en manojos todas aquellas gramíneas capaces de convertirse en buenas barrenderas, limpiadoras y golpeadoras, echando luego a volar.
Allá iban todos los palos que apuntalaban los tendederos de ropa de todos los patios del mundo. Y con ellos, gavillas de hierbas, brazadas de malezas, matorrales de zarzas para arriar los rebaños de nubes y limpiar las estrellas y transportar a los chicos.
Muchachos que cada uno a lomo de un esquelético rocín, recibían un diluvio de palos y bofetadas. Se los castigaba severamente por ocupar el cielo. Les tocaron unos cien moretones a cada uno, una docena de tajos, y exactamente cuarenta y nueve chichones en los cráneos tiernos.
—¡Epa, me sale sangre de la nariz! —boqueó Tom, feliz, mirando el rojo que le embadurnaba los dedos.
—¡Pamplinas! —gritó Pipkin, entrando seco en una nube y volviendo mojado—. Eso no es nada. ¡Yo tengo un ojo en compota, una oreja lastimada y he perdido un diente!
—¡Pipkin! ——llamó Tom—. ¡No sigas diciendo que vayamos contigo! ¡No sabemos dónde estás! ¿Dónde?
—¡En el aire! —dijo Pipkin.
—¡Uf! —murmuró Henry-Trampitas—, hay dos zillones, cien billones, noventa y nueve millones de acres de aire alrededor del mundo. ¿A qué medio acre se refiere Pip?
—Me refiero... —jadeó Pipkin.
Pero toda una gavilla de palos de escoba se soltó de golpe bailando frente a él con los brazos en jarras como una lanzadera de cañas de maíz, o la cerca de una granja que de pronto se pusiera a dar brincos y saltos mortales.
Una nube de cara demoníaca abrió la boca. Se tragó a Pipkin, con escoba y todo, y luego contrajo sus vapores y tronó con una indigestión de Pipkin.
—¡Ábrete paso a puntapiés, Pipkin! ¡Dale una patada en el estómago! —sugirió alguien.
Pero nada pateó y la nube partió satisfecha de la Bahía Para Siempre rumbo al Alba de la Eternidad, rumiando una deliciosa cena de niño bueno.
—¿Encontrarlo en el aire? —resopló Tom—. Córcholis, horribles direcciones a la nada.
—¡Mira direcciones todavía más horribles! —dijo Mortajosario, navegando junto a él en una escoba que parecía un gato mojado y furibundo en el extremo de un cepillo de piso—. ¿Queréis ver brujas, muchachos? ¿Hechiceras, arpías, adivinas, magos, nigromantes, demonios, diablos? Allí estarán, muchachos, en tropeles, en tumultos. Abrid bien los ojos.
Y allá abajo, por toda Europa, a través de Francia y Alemania y España, en los caminos anochecidos había en verdad racimos y multitudes y procesiones de extraños pecadores que huían al norte, una turbamulta que se alejaba de los Mares del Sur.
—¡Eso es! ¡Saltad, corred! Por aquí hacia la noche. ¡Por aquí hacia la obscuridad! —Mortajosario volaba a escasa altura, gritando sobre las multitudes como un general que diera órdenes a una magnífica tropa de criaturas maléficas.— ¡Rápido, escondeos! ¡Cuerpo a tierra! ¡Esperad unos siglos!
—¿Esconderse de qué? —inquirió Tom.
—¡Aquí vienen los cristianos! —gritaban las voces allá abajo, en los caminos.
Y esa era la respuesta.
Tom parpadeó, subió, y observó.
Y desde todos los caminos las turbas corrían para dispersarse en las granjas, en las encrucijadas, en los labrantíos, en los poblados. Hombres viejos. Mujeres viejas. Desdentados y enfurecidos, aullando al cielo mientras las escobas barrían y barrían.
—Caramba —dijo Henry-Trampitas azorado—. ¡Son brujas!
—¡Que me limpien a seco el alma y la cuelguen a secar si no tienes razón, muchacho! —asintió Mortajosario.
—Hay brujas que saltan hogueras —dijo J. J.
—Y brujas que revuelven calderos —dijo Tom.
—Y brujas que dibujan símbolos en el polvo de las granjas —dijo Ralph—. ¿Son reales? Quiero decir, yo siempre pensé...
—¿Reales? —Mortajosario, ofendido, estuvo a punto de caerse de su escoba gato-erizado.— ¡Sí, inocentes pajarillos, sí, criaturas, todos los pueblos tienen una bruja residente. Todos los pueblos esconden a algún sacerdote pagano de la antigua Grecia, a algún adorador romano de dioses minúsculos que corren por los caminos, se esconden en las alcantarillas, se entierran en cavernas para escapar de los cristianos. En todos los villorrios, chico, en todas las granjas de mala muerte que puedas encontrar se ocultan antiguas religiones. Habéis visto cómo fueron mutilados y talados los druidas ¿eh? Ellos se ocultaban de los romanos. Y ahora son los romanos, que alimentaban con cristianos a los leones, quienes corren a esconderse. Así es como todos esos descoyuntados cultos menores de todos los gustos y tipos, luchan por sobrevivir. ¡Ved cómo corren, muchachos!
Y era verdad. "



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