La embriaguez de la metamorfosis (fragmento)Stefan Zweig

La embriaguez de la metamorfosis (fragmento)

"Lo decisivo, no obstante, era para ella la calma que suponía haber olvidado aquel episodio. Nuestra memoria es sobornable y se deja persuadir por los deseos, y la voluntad de apartar lo hostil de los pensamientos ejerce una fuerza que actúa con lentitud, pero que a la postre surte su efecto; la maniquí Klara había muerto por fin en la impecable esposa del comerciante de algodón Van Boolen. Tan oculto se hallaba aquel episodio en su memoria que, apenas llegada a Europa, escribió a su hermana en busca de un reencuentro. Sin embargo, al enterarse ahora de que una malicia inexplicable investiga el origen de su sobrina, ¿qué más lógico, piensa, que no sólo pregunten por la procedencia de la pobre pariente, sino que investiguen también la suya? El miedo es un espejo deformador: cualquier detalle casual se convierte por su fuerza exageradora en algo de dimensiones terroríficas y de claridad caricaturesca, y una vez atizada, la fantasía persigue incluso las posibilidades más increíbles y rocambolescas. Lo más absurdo le parece de repente probable. Aterrada, toma conciencia de que un señor mayor procedente de Viena se sienta a la mesa contigua; es el director del Banco Comercial, tiene entre setenta y ochenta años, se llama Lówy, y Claire cree recordar de pronto que la mujer de su difunto bienhechor se llamaba Lówy de soltera. ¡Ésta podría ser, pues, hermana o prima del banquero! Con qué facilidad podría el anciano insinuar algo (pues los viejos suelen recordar y contar encantados y sin ninguna discreción los escándalos de su juventud) y aportar su granito de arena a la rumorología. Claire siente de pronto un sudor frío en las sienes, pues el miedo prosigue su trabajo de manera sofisticada y sugiere de pronto que el viejo Lówy presenta un parecido asombroso con la esposa de su bienhechor, los mismos labios carnosos, la misma nariz aguileña. En la fiebre de sus alucinaciones cree saber a ciencia cierta que se trata del hermano, que este hombre la reconocerá sin la menor duda y recalentará con todo lujo de detalles aquella vieja historia, néctar y ambrosía para los Kinsley y Guggenheim. Así las cosas, Anthony recibirá al día siguiente una carta anónima capaz de destruir de golpe y porrazo treinta años de matrimonio sin que el pobre sospechara nada malo.
Claire se agarra de los brazos de la silla; por un instante teme desmayarse; luego se incorpora de golpe, con toda la energía de la desesperación. Le supone un esfuerzo enorme pasar junto a la mesa de los Kinsley y saludarlos amablemente. Los Kinsley devuelven el saludo con absoluta amabilidad, con la sonrisa estereotipada de los norteamericanos que ella misma, con el tiempo, ha incorporado de forma inconsciente. Sin embargo, la angustia de Claire le insinúa que han sonreído de otra manera: de una manera irónica, maligna, enterada, traidora, y hasta la mirada del botones le resulta de pronto desagradable, como también el hecho de que la camarera pase por el corredor sin saludarla: agotada, como si hubiera andado en nieves profundas, se refugia finalmente tras la puerta. "



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