Gazapo (fragmento)Gustavo Sainz

Gazapo (fragmento)

"Lo que sigue es confuso.
Vulbo (había perdido definitivamente su color natural) se retiró hasta una prudente distancia. Vio cómo el dramita atraía a una decena de personas. Las calles se le hicieron misteriosas y el edificio del Multifamiliar le pareció de pronto oscuro. Del grupo se levantaban dos voces, una horrorizada y otra enfurecida; sonaban a la vez. La gente se movía, levantaba un murmullo curioso, alegre y asustado. Vulbo reflexionaba (parece): un golpe lo dejaría ciego porque traía puestos los anteojos oscuros de Fidel. Podían romperse y no eran suyos. Una herida profunda con el sable y hubiera muerto, por una muchacha a la que ni siquiera quería. El tipo seguía vociferando. Vulbo veía todo a veinte metros.
Vio al hombre rubio que rasgó los galones del cadete y le quitó el sable. Todo esto como entre brumas y durante un momento espantoso. Nunca iban a rasgarse esos galones. Comenzaban a romperse y se alargaban interminables, irremediablemente, y luego todo se quedaba suspendido en un espacio duro, fotografiado, en el cual nada sucedía o todo sucedía trastocado con siglos en lugar de segundos, y silencio en lugar de ruidos. Y en medio de aquella bruma horrible Vulbo se llenó de valor y palpó en la bolsa de sus pantalones el juego de espuelas robadas en el Museo del Chopo y las tenía en la mano pero el cadete ya saltaba sobre un tren Mixcoac Tetepilco, y el hombre rubio que lo perseguía frenaba su carrera, disminuía el número de pasos por minuto hasta detenerse. El tren se empequeñecía cuando más avanzaba en dirección al supermercado. «Esto es ayuda americana —se dijo Vulbo, con rencor— y no otra cosa».
Después, con Nácar y la madre-menopáusica, fue a un restaurante bar. Las sillas eran angostas e incómodas. No querían comer, no quisieron y pidieron cubas con sabor a agua sucia.
—Vulbo —empezó la madre—. Cuido mucho a Nácar, pero por lo visto no lo suficiente. La cuido más que si fuera señorita.
—Pero…
—La cuido más que si fuera señorita. La cuido más que si fuera señorita.
Y Vulbo:
—Pero es que…
Y la madre:
—Sí, Vulbo. En los pueblos las mujeres se casan muy jóvenes. Somos de Chipilo, ¿sabes? Yo me casé a los doce años; Nácar, a los catorce. Tuvo un hijo y enviudó a los dieciséis. El niño vive con sus padrinos.
Vulbo se quedó inmóvil, reprochándose la ingenuidad de besarla, de no pensar siquiera en acostarse con ella. Dio un gran trago de su vaso. Los ojos de Nácar tenían esa expresión de profundidad ridícula, indescriptiblemente obscena que Vulbo apenas ahora comprendía. Terminó con su cuba.
—Tuvo un hijo y enviudó a los dieciséis. El niño vive con sus padrinos. La cuido más que si fuera señorita.
Salieron y tomaron un taxi. Y tengo razones para suponer que durante el camino no hablaron de nada.
Cuando llegaron caía un aguacero torrencial.
Nácar y Vulbo corrieron a guarecerse bajo un quicio mientras la madre pagaba el coche. No se reunió con ellos. Corrió con torpeza hasta la puerta de su casa y les gritó que se quedaran allí hasta que terminara la lluvia. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com