Resurrección (fragmento)León Tolstoi

Resurrección (fragmento)

"Al otro día Nejliúdov se despertó a las nueve de la mañana. Un joven empleado de la oficina, al oír al señor que se estaba moviendo, le trajo las botas —más relucientes que nunca— y una jarra de agua fría del manantial, y le anunció que los campesinos se estaban reuniendo. No quedaba ni rastro del sentimiento de lástima de que cedía la tierra y se deshacía de la propiedad. Lo recordó ahora con extrañeza. Se alegraba del asunto que le estaba esperando e involuntariamente se enorgullecía de él. Desde la ventana de su habitación se veía la explanada del lawn-tennis, cubierta de achicoria, en la cual —por orden del administrador— se estaban reuniendo los campesinos. No en vano las ranas croaban por la noche. El tiempo estaba encapotado. Desde por la mañana caía una lluvia tranquila, menuda y tibia, no hacía viento y las gotas cubrían las hojas, las ramas y la hierba. Por la ventana entraba no sólo el olor de la vegetación, sino el de la tierra mojada. Mientras se vestía, Nejliúdov miró varias veces por la ventana cómo se reunían los campesinos en la explanada. Llegaban, se quitaban la gorra unos ante otros, se colocaban en círculo y se apoyaban en sus cayados. El administrador, un hombre sanguíneo, musculoso, joven y fuerte, que llevaba una chaqueta corta con cuello alto verde y enormes botones, vino a decir a Nejliúdov que se habían reunido todos, pero que esperarían, que antes fuese Nejliúdov a tomar café o té, que las dos cosas estaban preparadas.
—No, mejor voy a verlos —dijo Nejliúdov, experimentando una sensación completamente desconocida para él de timidez y vergüenza ante la idea de tener que enfrentarse a hablar con ellos.
Iba a realizar un deseo de los campesinos en el que éstos no se atrevían ni a pensar. Cederles por un precio barato la tierra, es decir, iba a hacerles un bien, y, sin embargo, sentía remordimientos de conciencia. Cuando Nejliúdov se acercó a los reunidos y empezaron a descubrirse ante él cabezas de pelo castaño, rizado, calvas, de pelo blanco, se azoró tanto que durante largo rato no pudo decir nada. La lluvia menuda seguía cayendo y se detenía en los cabellos, las barbas y en el paño de los caftanes de los campesinos. Éstos miraban al señor y esperaban qué les iba a decir, pero estaba tan cohibido que no podía decir nada. El silencio turbador fue roto por el administrador alemán, tranquilo, seguro de sí mismo, conocedor del campesino y dominando perfectamente el idioma ruso, como si fuera el propio Nejliúdov. Ofrecía un enorme contraste con las caras delgadas y llenas de arrugas de los campesinos y sus omóplatos delgados y salientes, que se destacaban bajo los caftanes. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com