Estambul (fragmento)Orhan Pamuk

Estambul (fragmento)

"Lo que yo temía no era a Dios, sino la rabia que sentían los que creían demasiado en Él hacia gente como yo. La estupidez de aquella gente excesivamente pía, cuya inteligencia nunca podría compararse –que Dios me perdone– con la de ese Dios en el que con tanto amor creían, era la segunda razón de mi miedo. Durante años tampoco me abandonó el temor a ser castigado por no ser «como ellos» y ese pensamiento tuvo una influencia más decisiva en que durante mi primera juventud me atrajeran las ideas de izquierdas que todos los libros teóricos que leí. Lo que de veras me sorprendió durante bastante tiempo fue que muchos de los estambulíes occidentalizados, laicos y medio escépticos, no sufrieran complejo de culpabilidad por su posición. Pero siempre me gustaba imaginar que toda aquella gente, que de la misma manera que no cumplía con ningún precepto, despreciaba a los que se sentían vinculados a su religión por razones de clase –lo mismo que los esnobs supuestamente «modernos» que despreciaban los hábitos artísticos y culturales de las clases inferiores–, en algún momento de sus vidas, por ejemplo en un accidente de tráfico o yaciendo en la cama de un hospital, intentaría llegar a un acuerdo secreto con Dios.
Recuerdo haber tratado la cuestión en los recreos, aunque de manera torpe, con un compañero de secundaria cuyo valor admiraba porque no intentó llegar a ese acuerdo secreto. Aquel niño diabólico, que venía de una adinerada familia de constructores, que montaba a caballo en el enorme jardín de la maravillosa casa que tenían en las laderas del Bósforo y que representó a Turquía en competiciones internacionales de hípica, al ver que yo vacilaba temeroso en cierto punto de nuestra discusión metafísica, clavó los ojos en el cielo, dijo «¡Si existe que me mate ahora mismo!» y añadió con una autoconfianza que me dejó boquiabierto: «Ya ves, todavía estoy vivo». Me sentí culpable por no ser tan valiente como él y por darle la razón en secreto, pero la verdad era que me gustaba aquella confusión mía, aun sin saber que me gustaba.
Viví como algo personal aquellos complejos de culpabilidad originados, más que en el miedo a alejarme de Dios, en el de alejarme del sentimiento de comunidad que compartía la ciudad entera. Cuando a los doce años el lugar de aquella tensión metafísica entre creer y querer pertenecer a un grupo fue ocupado por la curiosidad por el sexo y la culpabilidad correspondiente, mis inquietudes religiosas perdieron bastante fuerza. De todas maneras, cada vez que estoy entre la multitud, en un barco o en un puente, y veo a una anciana vestida de blanco, siento un escalofrío. "



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