Mariona Rebull (fragmento)Ignacio Agustí

Mariona Rebull (fragmento)

"Mariona gozaba contemplando la ciudad, Madrid, desde el balcón del hotel. Le gustaba avizorar el mar de techumbres marrones de la vieja ciudad y ver a los transeúntes, diminutos, entrar en las tiendas, pararse a saludarse unos a otros. Le gustaba salir por la calle, sobre todo sola; porque Joaquín aprovechaba el viaje para visitar algunos clientes. Y ella, sola, se paraba a mirar escaparates y paladeaba la libertad, el ser dueña, absoluta de sí. ¡Qué grande es el mundo! —pensaba mientras veía su rostro, rostro gracioso de mujer casada, reflejado en el cristal del escaparate de una perfumería. Pero un joven se había detenido a contemplarla. Lo veía por el reflejo. Tuvo miedo. ¿Qué hace una mujer casada en estos casos?
Por la noche, al teatro. Salir de noche sola, con un desconocido, por muy marido que sea de una, ¡qué misterio! Estuvieron donde María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza representaban El gran galeoto. Mariona se ruborizaba al escuchar las verdades del drama, pero nadie la miraba ni tenía por qué asustarse. Escuchar tales cosas ahora no le estaba ya prohibido, pues era mujer casada. ¡Es maravilloso ser mujer casada!
¡Cuán sencillo todo!
Al transcurrir de los días, el ánimo se habitúa al vértigo del viaje. Cuando abandonaron Madrid, lo hicieron con simplicidad, como si la cosa más natural fuera dejar una ciudad para alcanzar otra. Y después de Madrid, Córdoba. El silencio de Córdoba, la idea de que ellos eran los dos únicos seres que la poblaban al caminar por las sinuosas calles solitarias; los jardines interiores, las plantas en los tiestos de los patios, peceras con paredes de mayólica, de las cuales huía el sol, muerto de frío. La Mezquita, inmensa y monótona, fatigó a Mariona.
—¿Te imaginas lo que debía de ser esto lleno de moros?
No, Mariona no se lo imaginaba.
Días aburridos. Salir del hotel y pasar diez veces por una misma calle, llegar al río, pararse mucho rato a contemplar el paso de las aguas y notar que uno está lejos de casa, muy lejos. Al volver, asustarse con el eco de las propias pisadas sobre el empedrado de la calle tortuosa y en declive y, de pronto, ver a un hombre aparecer inesperadamente por la misma esquina que nosotros vamos a ganar, un hombre embozado en una capa negra que pasa y se aleja, sin inmutarse, sin decir palabra, sin mirar siquiera. ¡Qué escalofrío!
Dejó Córdoba con alegría de marchar. En Granada era distinto. Lo único que Mariona no podía sufrir es que la miraran tanto por la calle, que se volvieran a mirarla y luego, sin saber por qué, a lo mejor se echaran a reír. "



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