La guardia blanca (fragmento)Mijail Bulgakov

La guardia blanca (fragmento)

"Encendieron una linterna, cuya luz empezó a ir y venir entre los coches, como un ojo. Mijaíl Semiónovich y el mecánico querían dejarlos a punto para la acción que al día siguiente les esperaba.
La causa de todo aquello residía en la orden por escrito del jefe del grupo, capitán Pleshko: «El día catorce, a las ocho de las mañana, los cuatro coches deberán salir con dirección a Pechersk».
Los esfuerzos conjuntos de Mijaíl Semiónovich y el mecánico para preparar los coches con vistas al combate dieron un extraño resultado. Los tres blindados (el cuarto estaba en la línea de fuego, al mando de Strashkévich), en perfectas condiciones la víspera, no pudieron moverse, como si les hubiera atacado una parálisis, Nadie podía entender lo que les había sucedido. Se había atascado algo en la bomba y por mucho que soplasen no conseguían hacer arrancar los motores. Por la mañana, en el confuso amanecer, a la luz de las linternas, reinaba una amarga confusión. El capitán Pleshko, pálido, miraba a los lados como un lobo y reclamaba la presencia del mecánico. Empezaron las catástrofes. El mecánico había desaparecido. Resultó que, contrariamente a lo dispuesto, en el grupo de blindados no se tenían sus señas. Corrió el rumor de que había caído repentinamente con tifus. Esto era a las ocho y a las ocho y treinta una nueva calamidad vino a abrumar al capitán Pleshko. El alférez Shpolianski, que a las cuatro de la mañana, después de andar con los coches, había salido hacia Pechersk en una motocicleta conducida por Schur, no volvió a su puesto. La motocicleta había llegado hasta Vérjnaia Telichka, y aunque Schur trató de contener a Shpolianski, insistiendo en que no hiciera una locura, el alférez —cuya intrepidez era conocida por todo el personal del grupo— dejó a Schur y con una carabina y una granada de mano se había ido él solo, en plena noche, a hacer un reconocimiento por la vía férrea. Schur había oído disparos. Estaba completamente seguro de que una patrulla enemiga había llegado hasta Telichka y al tropezar con Shpolianski le había dado muerte en desigual combate. Schur esperó al alférez dos horas, aunque éste le había ordenado que no esperase más que una. Luego debía volver al grupo, tratando de no poner en peligro su persona ni la motocicleta matrícula 8175.
Después de lo que Schur contó, aumentó la palidez del capitán Pleshko. Los pájaros del teléfono cantaban sin cesar desde los Estados Mayores del hetman y del general Kartúzov, exigiendo la salida de los blindados. A las nueve regresó de la línea de fuego el rubicundo y entusiasta Strashkévich, y parte de sus colores se trasladaron a las mejillas del jefe del grupo. El entusiasta había llevado su coche a Pechersk, donde, según queda dicho, había cerrado el paso de la calle Sovórovskaia.
A las diez de la mañana la palidez ya no abandonaba la cara de Pleshko. Habían desaparecido dos apuntadores, dos chóferes y un ametrallador. Todos los intentos de poner en marcha los coches habían sido vanos. Shrur, a quien el capitán Pleshko había mandado en la motocicleta a la línea de fuego, tampoco regresó. Tampoco regresó, se comprende, la motocicleta, pues no podía volver por sí sola. Los pájaros de los teléfonos empezaban a amenazar. Conforme el día clareaba, más milagros se producían en el grupo. Desaparecieron los artilleros Duván y Máltsev y otro par de ametralladores. Los blindados habían adquirido un aspecto enigmático, permanecían abandonados entre un mar de tuercas, llaves inglesas y cubos.
Y al mediodía, al mediodía desapareció el propio jefe del grupo, capitán Pleshko. "



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