Nocturno de Chile (fragmento)Roberto Bolaño

Nocturno de Chile (fragmento)

"El aburrimiento y el abatimiento eran grandes. La perplejidad y la conmoción eran pequeñas y vivían incrustadas en algún rincón del estado general de aburrimiento y abatimiento. Como una herida dentro de otra herida. Y entonces dejé de dar clases. Dejé de decir misa. Dejé de leer el periódico cada mañana y de comentar las noticias con mis hermanos. Dejé de escribir con claridad mis reseñas literarias. (Aunque no las interrumpí.) Algunos poetas se acercaron y me preguntaron qué me ocurría. Algunos sacerdotes se acercaron y me preguntaron qué turbaba mi espíritu. Me confesé y recé. Pero mi cara de desvelado me traicionaba. Aquellos días, de hecho, dormía muy poco, a veces tres horas, a veces dos. Por las mañanas me dedicaba a caminar de la rectoría a los potreros baldíos, de los potreros baldíos a las poblaciones, de las poblaciones al centro de Santiago. Una tarde dos maleantes me asaltaron. Yo no tengo plata, hijos míos, les dije. Claro que tenis plata, cura reculiado, respondieron los cogoteros. Acabé entregándoles mi billetera y rezando por ellos, pero no mucho. El aburrimiento que sentía era feroz. El abatimiento no le iba a la zaga. A partir de ese día, sin embargo, mis paseos cambiaron de ruta. Elegí barrios menos peligrosos, elegí barrios desde donde pudiera contemplar la magnificencia de la cordillera, cuando en esta ciudad era aún posible contemplar la cordillera en cualquier temporada, sin que la ocultara el manto de contaminación. Y paseaba y paseaba y a veces me subía a las micros y seguía paseando con la cabeza pegada al cristal de las ventanas y a veces tomaba un taxi y seguía paseando por entre el abominable amarillo y el abominable azul luminoso de mi aburrimiento, desde el centro hasta la rectoría, desde la rectoría hasta Las Condes, desde Las Condes hasta Providencia, desde Providencia hasta la Plaza Italia y el Parque Forestal, y luego de vuelta al centro y de vuelta a la rectoría, mi sotana batida por el viento, mi sotana que era como mi sombra, mi bandera negra, mi música ligeramente almidonada, ropa limpia, oscura, pozo donde se hundían los pecados de Chile y ya no salían más. Pero tanto revoloteo era inútil. El aburrimiento no disminuía, por el contrario, algunos mediodías se hacía inaguantable y me llenaba la cabeza de ideas disparatadas. A veces, temblando de frío, me acercaba a una fuente de soda y pedía una Bilz. Me sentaba en un taburete alto y contemplaba con ojos de carnero degollado las gotas de agua que bajaban por la superficie de la botella, mientras la voz de la inquina, en mi interior, me preparaba para la contemplación improbable de una gota que desafiando las leyes naturales subiera por la superficie hasta llegar a la boca de la botella. Entonces yo cerraba los ojos y rezaba o intentaba rezar mientras mi cuerpo era sacudido por los escalofríos y los niños y los adolescentes corrían de un lado a otro de la Plaza de Armas, aguijoneados por el sol estival, y las risas en sordina que llegaban de todas partes se convertían en el comentario más certero de mi derrota. "


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