La seducción de la cultura en la historia alemana (fragmento)Wolf Lepenies

La seducción de la cultura en la historia alemana (fragmento)

"Los seguidores de Hitler estaban impresionados por el tiempo y las energías que el Führer le dedicaba a los asuntos culturales, sobre todo a la arquitectura. Los palazzi italianos le entusiasmaban: le parecía que cualquiera de ellos superaba de lejos al Castillo de Windsor. Consideraba que habría sido un crimen contra la humanidad que los bombarderos ingleses hubieran destruido Florencia o Roma. Si hubieran destruido Moscú, sin embargo, no se habría perdido gran cosa -y lo mismo pensaba, desgraciadamente, de Berlín-. Para Hitler, el Duce era un gran hombre, un auténtico emperador, pero le decepcionaba que no fuera capaz de observar más de tres cuadros seguidos. Éste era el tipo de comentarios que se escuchaban, en plena guerra, en el cuartel general de Hitler, el Wolfsschanze de Prusia Oriental, sobre todo por la noche, cuando sus soñolientos vasallos fingían interés por todo lo que decía el insomne Führer.
En junio de 1940, cuando voló a París tras la victoria sobre Francia, lo primero que hizo Hitler fue visitar la Ópera Garnier. Le pareció un edificio demasiado esplendoroso en comparación con la mediocre calidad de las óperas que allí se representaban. Después, Hitler estuvo bosquejando los planos de la nueva ópera que quería construir en Múnich, tres veces más grande que la de París. De todas formas, los franceses le parecían dignos de elogio porque acudían a Bayreuth con mayor asiduidad que los ingleses. Los ingleses adoraban la música, pero la música no les correspondía. Ni sus óperas ni sus teatros podían compararse con los alemanes. Peor aún: en ningún lugar se representaban peor las obras de Shakespeare que en Inglaterra. Y, no obstante, Hitler albergaba la esperanza de que Inglaterra se acabara aliando con Alemania.
A Hitler le gustaba utilizar la cultura y el arte para justificar alianzas o actos de agresión. Mientras duró el pacto germano-soviético, los teatros de la Rusia bolchevique recibieron numerosos elogios, pero, cuando el pacto se rompió, pareció que los rusos nunca hubieran sido capaces de llegar a nada en el terreno artístico. Se consideraba que la guerra contra Estados Unidos era una guerra cultural, a diferencia de la guerra contra Francia e Inglaterra, cuyas culturas, aunque se criticaran, se aceptaban en líneas generales. En uno de sus monólogos del Wolfsschanze, el 7 de enero de 1942, Hitler decía que prefería «mil veces a un inglés que a un americano... Siento un odio y una repulsión profundísimos hacia todo lo americano. La sociedad americana tiene una actitud medio judía, medio negroide». Lo peor, decía Hitler, que se veía a sí mismo como la reencarnación de Rienzi, el héroe de la ópera wagneriana del mismo título, era que en el Reich alemán había «doscientos setenta teatros de ópera y una vida cultural mucho más rica que la de allí. Fundamentalmente, los americanos viven como cerdos en una pocilga revestida de azulejos». El 22 de abril volvía a sacar el mismo tema. Estados Unidos, según Hitler, estaba al borde de una catástrofe cultural. Y el primer síntoma de ello era que la Ópera del Metropolitan de Nueva York había cerrado. Las razones no eran únicamente económicas. En realidad, no había americanos capaces de representar una ópera correctamente. Todas las óperas eran de origen alemán, italiano o francés. Ahora que los cantantes europeos no podían cruzar el Atlántico, la pobreza cultural de los Estados Unidos había quedado totalmente al descubierto. Hitler recomendaba a la prensa alemana que prestara atención a este «hecho». Era un claro síntoma de la crisis que América estaba a punto de sufrir. La derrota política y militar vendría después. "



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