La isla del día de antes (fragmento)Umberto Eco

La isla del día de antes (fragmento)

"Cohibidísimo Adán, no tenía nombres para aquellas cosas, sino los de los pájaros de su hemisferio; he aquí una garza, se decía, una grulla, una codorniz... mas era como tratar de oca a un cisne.
Aquí, prelados con la amplia cola cardenalicia y el pico en forma de alquitara desplegaban alas de hierba, inflando una garganta purpurina y descubriendo un pecho azul salmodiaban casi humanos; allá, múltiples escuadras se exhibían en gran justa intentando asaltos a las deprimidas cúpulas que circunscribían su arena, entre relámpagos de tórtola y estocadas rojas y amarillas, como oriflamas que un alférez estuviera lanzando y recogiendo al vuelo. Enojados jinetes, con largas patas nerviosas en un espacio demasiado angosto, relinchaban airados cra cra cra, a veces vacilando sobre un pie solo y mirándose recelosos en derredor, vibrando los copetes sobre la cabeza tendida... Solo, en una jaula construida a su medida, un gran capitán, con el manto azulino, el justillo bermejo como el ojo, y el penacho de lirios sobre la cimera, exhalaba un gemido de paloma. En una jaulilla junto a ésta, tres peones permanecían en el suelo, faltos de alas, brincantes ovillos de lana encenagada, el hociquito de ratón, bigotudo en la raíz de un largo pico recorvo dotado de aletas con las cuales los pequeños monstruos husmeaban, picoteando las lombrices que encontraban por el camino... En una jaula que se desanudaba como un intestino, una pequeña cigüeña con las patas de zanahoria, el pecho aguamarina, las alas negras y el pico morado, se movía titubeante, seguida por algunos pequeños en fila india y, al detenerse aquella senda suya, despechada graznaba, primero obstinándose en romper lo que creía una maraña de sarmientos, luego reculando e invirtiendo el camino, y sin saber sus criaturas si caminarle delante o detrás.
Roberto estaba dividido entre la excitación del descubrimiento, la piedad por aquellos prisioneros, el deseo de abrir las jaulas y ver su catedral invadida por aquellos heraldos de un ejército de los aires, para substraerlos al asedio al cual el Daphne, a su vez asediado por sus otros semejantes allá afuera, los obligaba. Pensó que estarían hambrientos, y vio que en las jaulas aparecían sólo migajas de comida, y que las vasijas y las escudillas que habían de contener el agua estaban vacías. Pero descubrió, junto a las jaulas, sacos de simientes y jirones de pescado seco, preparados por quien quería conducir aquel botín a Europa, pues una nave no va por los mares del opuesto sur sin traer a las cortes o a las academias testimonios de esos mundos.
Siguiendo adelante encontró también un recinto hecho con tablas, con una docena de animales que adscribió a la especie gallinácea, aunque en su casa no había visto semejante plumaje. También ellos parecían hambrientos, aunque las gallinas habían puesto (y celebraban el acontecimiento como sus socias de todo el mundo) seis huevos.
Roberto cogió inmediatamente uno, lo agujereó con la punta del cuchillo y lo bebió como acostumbraba de niño. Luego se metió los demás en la camisa, y para compensar a las madres, y a los fecundísimos padres que lo fijaban ceñudos meneando las barbas, distribuyó agua y comida; y así hizo jaula por jaula, preguntándose qué providencia le había allegado al Daphne precisamente mientras los animales estaban extremados. Hacía, en efecto, ya dos noches que Roberto estaba en el navío y alguien había cuidado de las jaulas a lo sumo el día anterior a su llegada. Sentíase como un invitado que llega, sí, con retraso a una fiesta, pero justamente apenas se han ido los últimos huéspedes y las mesas aún no se han recogido.
Por lo demás, se dijo, que aquí antes había alguien y ahora ya no lo hay, está claro. Que estuviere uno, o diez días antes de mi llegada, no cambia para nada mi hado, a lo sumo lo hace más burlón: naufragando un día antes, habría podido unirme a los marineros del Daphne, donde quiera que hayan ido. O acaso no, habría podido morir con ellos, si murieron. Lanzó un suspiro (por lo menos no era un asunto de ratones) y concluyó que tenía a disposición también unos pollos. Pensó otra vez en su propósito de rendirles la libertad a los bípedos de más noble linaje, y convino en que, si el exilio suyo había de durar mucho, también aquestos habrían podido resultar de buen yantar. Eran bellos y abigarrados también los hidalgos ante Casal, pensó, y con todo, les disparábamos, y si el asedio hubiera durado, nos los habríamos incluso comido. Quien ha sido soldado en la guerra de los treinta años (digo yo, pero quien la estaba viviendo entonces no la llamaba así, y quizá no había ni entendido que se trataba de una larga y única guerra en la cual, de vez en cuando, alguien firmaba una paz) ha aprendido a ser duro de corazón. "



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