Historia del pelo (fragmento)Alan Pauls

Historia del pelo (fragmento)

"Una tarde, revisando su agenda, encuentra el nombre CELSO escrito en chorreantes mayúsculas verticales a lo largo de la columna del día miércoles: la C arranca a las nueve de la mañana; la O, tan artificialmente alargada para ocupar espacio que se dilata en un óvalo grotesco, termina a la altura de las diez de la noche. Está por cumplirse el mes. Entra en una crisis un poco desatinada. El corte sigue bien, saludable, asombrosamente vigente, dado el tiempo transcurrido: todas las sorpresas y contrariedades que podrían haberlo arruinado, que de hecho, más tarde o más temprano, han terminado arruinando los cortes que se hace desde que tiene uso de razón, esta vez, «recuperadas» de algún modo por el instinto previsor de Celso, parecen haberse suavizado, haberse rendido ante la autoridad del corte, como agentes secretos que un soborno o una revelación hacen cambiar de bando. Recién ahora cree entender lo que es un corte: no exactamente una interrupción, la acción que limita, pone freno a un desorden y cierra de algún modo un pasado, sino un salto hacia adelante, un cálculo en el vacío, una especie de visión que ve un horizonte y alucina un rumbo que son invisibles para todos menos para uno. Tan conforme está con su pelo que ya no necesita mirárselo. Le basta con intuirlo y representarse su forma general, la forma que poco a poco ha ido adoptando e inventando según la línea de puntos que trazó la tijera de Celso, para sentir sus efectos balsámicos. Puede confiar. Su pelo ya no es el monstruo proteico y traidor que lo maravilla a la noche para desanimarlo a la mañana siguiente. Pero, entonces, ¿qué hace? ¿Respeta el plazo o lo ignora? Si Celso acertó al cortar, y acertó sobre todo en el modo en que el corte viviría en el tiempo, ¿por qué habría de equivocarse en el plazo que le impuso a su propia obra?
Decide esperar que venza y ver. El día treinta y uno se despierta, se busca en el espejo por entre el velo de las lagañas y esa misma tarde, a primera hora, con tanta precipitación que ni siquiera se toma el trabajo de verificar que no sea el día franco de Celso, está entrando en la peluquería. No podría decir qué ve en su cara esa mañana. Nada flagrante, en todo caso; no sin duda el aburguesamiento, la satisfacción inercial, el desagradable aire de autocomplacencia que a esa altura del partido, cuando no mucho antes, suelen exhibir los cortes comunes con el paso del tiempo. Percibe una tendencia –como llama, por otra parte, a todo aquello que no es capaz de nombrar ni describir y que se manifiesta en una pérdida de forma no del todo gratuita, en la que algo parece incubarse–, una cierta dirección, todavía imprecisa, que él juraría sin embargo que Celso no tenía en mente en el momento de cortarle. Es una anomalía; demasiado temprano para juzgar si es buena o mala. Pero es la señal –junto con la cicatrización de la herida de la mano, que en los últimos días entra con fervor en su recta final que él ha estado esperando para resolver el dilema del plazo. De hecho, cuando esa tarde se saluda con Celso, esta vez con un beso, uno de esos roces más de hueso a hueso que de labio a piel que hacen sentirse a los hombres particularmente viriles, y Celso, con su penetrante mirada profesional, le sondea la cabeza rumiando un diagnóstico, él se limita a decir: «Como ayer se cumplieron los treinta días...» «¿Lo mantenemos así, entonces? ¿Igual?», pregunta Celso, y ya está rastrillándole el pelo con sus dedos hinchados, abriendo claros, midiendo mechones, como si buscara algo crucial, una joya, una llave que hubiera perdido en un jardín salvaje. "



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